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En las canteras romanas de Cascante

 

          De Monteagudo, pasando por Tulebras, vamos hasta Barillas, que encuentro muy rejuvenecido. Estuve viniendo, durante cuatro años, a las fiestas de San Miguel y desde entonces no había vuelto a verlo. Siguiendo un rato hacia Malón, vemos salir de una viña un pequeño gamo, o eso nos parece, cruzar la carretera y perderse en el campo. Volvemos para llegar a Cascante a buena hora. Con el GPS en mano, atravesamos  el centro del pueblo, camino de las canteras situadas a dos kilómetros, al noroeste de la ciudad.

Aqui tenemos que evocar aquella ciudad celtibérica de Kaiskata, con ceca propia, después municipiun romano, con el nombre de Cascantum, título otorgado por Augusto con el Fuero de Lacio; hoy soterrrado bajo los edificios actuales; centro cívico, económico y social  entonces de toda la Ribera baja de la actual Navarra, como pudimos ver cuando recorrimos las vías que de él partían y a él llegaban. La ciudad era importante y en sus alrededores, según nos recuerda uno de los paneles informativos, en cada medio kilómetro había una villa romana. Lo que exigía una gran actividad edilicia. Los romanos fueron a buscar la piedra un poco lejos, pero dentro todavía de sus términos.

Nosotros vamos bien dirigidos, entre olivares viejos y olivares nuevos, algunas viñas y algunos campos de cereal, en los que vemos por vez primera este año los herbales encañados. Cuando llegamos a una de las señales que indican el itinerario de las canteras, nos equivocamos y tomamos una pista a la izquierda que nos lleva a casi una hora de despiste, pero que nos hce conocer una vasta superficie de terreno bardenero, con muchos cabezos, pequeños escarpe, oteros, cerros, amesetados o no, con multitud de pedregales, que nos confunden varias veces y varias veces nos hacen bajar, recorrerlos y volver a subir, porque el GPS nos advierte que estamos fuera de la pista. Vemos una y otra vez la señal de la Cañada Real. Llegamos por fin a una hondonada quebrada, convertida en muladar, llena de huesos mondos de animales, cerca de una balsa artificial de aagua, casi llena. Nos pasa por encima una pareja de cuervos. Como  sobre la hondonada hay, a  un lado y a otro, grandes masas de piedra, llegamos a pensar que hemos llegado al destino. Nada de eso. Bajamos a un nivel más cercano al Valle y seguimos por una pista que atraviesa una zona parecida de cabezos y mogotes con muchas piedras. Pero aún nos falta un rato. Hasta que damos con un  panel informativo, que nos sitúa por fin en el punto exacto que buscábamos.

Estamos sobre un suelo de arcillas, limos, piedras arreniscas y conglomerados, formado hace 22 millones de años con los lagos, las lagunas, los humedales, que hemos visto esta mañana, propios de esta sona que ahora llamamos Valle del Queiles y Valle del Ebro. Desde hace dos décadas la arqueóloga cascantina Marta Gómara y una entusiasta Asociación de amigos de Cascante, Vicus, han ido revalorizando estos terrenos, donde crecen las ontinas, el esparto, el escambrón, la hollaga y el tomillo, y han hecho de ellos un itinerario cultural, recorrible a pie o en bicicleta, bajo el titulo de proyecto Quadraria, que tiene, entre otros, como fin principal contemplar algunos de los talleres de extracción  y talla de piedra en tiempo de Roma. En algunos de ellas, los más visibles, se conservan bloques de piedra arenisca que se cortaron parcialmente con picos y cuñas y no se acabaron de sacar; en otros casos los bloques de piedra tienen forma de silla o sofá, poque no acabaron de extraer todo el material del bloque, como vemos en la cantera cerca de la villa romana de Piecordero. En contra de los que pensábamos, los romanos -por medio de soldados, esclavos, mercenarios…- preferían las canteras a pie de tierra, mucho má manejables que los altos peñascos que abundan en la zona. En algunos casos  la cantera está muy delimitada sobre el terreno, pero ya no queda un centímetro de la roca que destaque sobre el suelo: todo se extrajo ya.

Los romeros no se ven desde aqui, pero sí los pinos que ornan y protegen a Nuestra Señora del Romero. Hacia allá volvemos, entre olivares, viñas ya despiertas, algunas tierras de sembraduras, algunos árboles frutales…

En las Yeseras de Monteagudo

 

               Hacía mucho tiempo que no visitaba Monteagudo –pasar por no es visitar- y no conocía, la verdad, las Yeseras de la villa. Monteagudo tiene una entrada lujosa, urbana, y nos bastó enfilar luego la humilde calle mayor parar llegar muy pronto al itinerario interpretativo. Día de sol abrileño, pero de un cierzo tan recio como en los días de Ablitas. Caminamos entre campos de almendros y de olivos, muy bien cuidados, antes de llegar a la zona bardenera, donde reina, casi en exclusiva, el escambrón. Los paneles informativos nos dan hecho casi todo. No sé que haya yacimiento en Navarra tan bien surtido.

Resulta que un buen día de 1919, un paisano del pueblo, Santiago Castillo, que estaba construyendo casa y bodega, se acercó al agustino P. Eduardo Lacarra, del convento local, y le mostró un gran trozo de maxilar, con sus tres molares incompletos pero con los restos de sus coronas; le parecía de quijada de elefante, porque, antes de explotar el barreno en esas canteras de las Yeseras, vio un colmillo que tendría de largo más de un metro. Así empezó una historia, que merece ser leída. La siguió el jesuita P. Navas, del colegio El Salvador, de Zaragoza. En los años 40, los paleontólogos catalanes Crusafont y Villalta se interesaron por el yacimiento y comenzaron una fructífera colaboración con el precursor de la paleontología navarra, el P. Máximo Ruiz de Gaona, escolapio residente en Tolosa, quien llevó a cabo la principal obra de recuperación y divulgación de restos fósiles de mamíferos y otros vertebrados, sobre todo del mastodonte Gomphateriurm angustidens, que vivieron aqui hace unos 17 millones de años. Cuando el entorno del actual Monteagudo era una sabana, como las actuales de África, en un clima subtropical, cálido y relativamente húmedo. Cuando del Moncayo y de los Pirineos nacían ríos que discurrían hacia los lagos de las actuales Bardenas, entre vastas extensiones de bosqes, praderas, lagunas y humedales, habitados por grandes herbívoros, como mastodontes, rinocerontes, équidos primitivos, súidos y rumiantes, así como grandes carnívoros, antes de que, siete millones de años más tarde, el agua acumulada en la Cuenca actual del Ebro comenzara a salir hacia el Mediterráneo y se formara el río Ebro, el río futuro de los íberos y de Iberia.

Las canteras, al dejar de explotarse, devinieron basureros de toda clae de vertidos, hasta que en mayo de 2012, por iniciativa del ayuntamiento de Monteagudo, los paleontólogos Murelaga, Suárez y Sola volvieron sobre el tereno abandonado, hicieron una serie de catas y prospecciones en un frente de cantera, del que obtuvieron parte de los fósiles conocidos. Hoy podemos contemplar la cantera desnuda y horadada, sus estratos ya más tierra que yeso, e imaginar todo lo que acabamos de leer, desde colmillos a esqueletos enteros, o centenares de piezas sueltas, como vieron primeramente el agustino P. Lacarra, el jesuita P. Navas, y después los paleontólogos de oficio que los siguieron. No sabemos qué significan esos cinco grandes cipos de piedras, diversas de forma y color, delante de la cantera, especie de menhires o monumentos conmemorativos. Tampoco está claro el destino de los restos, que parecen guardarse en Valladolid, Zaragoza, Sabadell y Pamplona. Después de salir del pueblo nos enteramos de que en la Casa Consistorial hay un incipiente Museo con la réplica de algunos de esos fósiles.

Continuamos el circuito de Las Yeseras y subimos a la explanada amesetada, llamada Mirador, donde para mirar y ver mejor, se han instalado dos plataformas altas de madera y una a ras de tierra. Pero el cierzo furioso de esta mañana no nos deja casi andar. Y no es cosa de subir más alto todavía. En la explanada yesífera han comenzado a plantar pinos y otras variantes ornamentales, pero no sé si el cierzo los dejará crecer. Los nuevos paneles nos hablan de los Sotos del Queiles, de las aves de la zona y de la migración de las mismas. Es muy de agradecer todo este curso de naturaleza y ecología. Sosteniéndonos en pie como podemos sobre esta larga vega del Queiles, contemplamos la amplia zona de los cabezos y calveros bardeneros, donde estuvieron las canteras, la cordiline pinosa que los cierra, los pocos campos verdes de labor, los numerosos olivares y las viñs que comienzan a empampanarse.  Y allí, al fondo, los montes de Cierzo, y, sobre los sotos del Queiles, Cascante, Murchante, Tudela, las Bardenas, blanca y negra… Al otro lado, la silueta brumosa y azulenca del Obispo, que es como llamaban los labriegos de estas tierras al Moncayo, siempre en forma solemne y como bendiciente, cuando no maldiciente, como los obispos de entonces.

Volvemos esta vez por otro camino, siempre entre escambrones, y pasamos por la casa mágica de Armando Baigorri, natural de Ablitas, el panadero, que ha construido  una  casa deshabitada cerca de su residencia, con piedras de toda forma y color, traídas del cauce del Queiles, del Moncayo y de donde ha podido; unidas a veces al hierro y otros metales. De lejos semeja una pagoda, y de cerca recuerda, grosso et rustico modo, a Gaudí y a Dalí al mismo tiempo; en el jardín, altas figuras de hierro, desde una cruz a escenas de labranza o de cocina. Una ingeniería de mucho ingenio, inmensa paciencia e inmenso esfuerzo. Siendo obra de un panadero, me recuerda la frase evangélica: ¿O hay acaso alguien entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra?  Amando sería quien más piedras podría dar, si alguien se lo pidiera en vez de pan.

Damos una vuelta por el pueblo. Espléndido está el castillo-palacio de los marqueses de San Adrián y su entorno arbolado. Una nueva y saludable urbanización se extiende en su foso noroccidental. Subimos luego hacia otra urbanización reciente y, rodeando el promontorio del cementerio, llegamos al parque pinoso cerca del cual pasa el Queiles, ya cansado, donde hay un grupo de jóvenes comiendo. Desde aqui arriba, la torre herreriaana de la iglesia gótica y la almenada del castillo-palacio hacen un juego de siglos. Al pasar por el convento agustino recoleto de Santa María del Camino, recordamos al P. Lacarra, e iniciador de la paleontología en Monteagudo.

 

Los discípulos de Emaús

 

Lc 24, 13-35

Iban dos discípulos de Jesús de Nazaret
uno llamado Cleofás-,
camino de Emaús, su pueblo, conversando,
sobre lo que venía de pasar
en la ciudad de Jerusalén.
Habían oído que algunas mujeres visionarias
habían visto ángeles diciendo
que Jesús vivía,
pero otros compañeros fueron al sepulcro
y a él no le vieron.

Ellos eran también de aquellos que esperaban
que el Maestro, profeta  poderoso en obras y palabras,
liberara a Israel.

Pero ahora iban recordando,
tras el fracaso,

que muchas veces, en comidas y encuentros,
les había hablado, con citas  bien traídas
por su ubérrima memoria,
comenzando por Moisés, seguido de los profetas,
que el Ungido de Dios debía padecer
antes de entrar en la gloria de Dios.
E iban recordando, uno a uno,
los sucesos de los últimos días,
a la luz de Isaías, Jeremías y Ezequiel.
Sentían arder el corazón,
al ir aplicando a Jesús
lo que había previsto la Escritura.

Llegados a Emaús, se sentaron a la mesa,
y, tras tomar el pan,
dando gracias a Dios,
al partirlo y repartirlo,

 el Dios de Jesús les salió al encuentro,
se les abrieron los ojos y le reconocieron

más vivo y presente que nunca.

Repuestos del susto y la sorpresa,
llenos de júbilo,
volvieron a la ciudad
y encontraron reunidos a los Once.
Igual que e ellos, se había aparecido a Pedro.
Y todos celebraron entusiastas
al Señor de la vida.

 

 

Ley de protección de la infancia y de la adolescencia

 

        El año 2019, se registraron más de 40.000 delitos contra menores de edad. Cerca de la mitad del total de los delitos contra la libertad sexual tuvieron como víctima a un niño o a un adolescente. Muchos casos no se denuncian siquiera. Por esto, después de una docena de años de preparativos, anteayer se aprobó por fin en el Congreso de los Diputados el proyecto de ley orgánica de la infancia y de la adolescencia con el voto  muy mayoritario de los diputados. La ley comenzó a prepararse con el Partido Popular, se completó con el PSOE y ha acabado perfeccionándose con los ministros de PODEMOS.

La ley tiene como fin garantizar los derechos de niños y adolescentes frente a cualquier forma de violencia y aporta medidas para la sensibilización, vigilancia, protección, y reparación de las víctimas. Por ejemplo, hará que no caduquen los delitos de pederastia hasta que la víctima tenga 40 años y, hasta los 55, en los casos más graves, frente a los 18 de ahora.

La ley quiere ser un cambio de paradigma. Como en su día fue la ley de violencia de género.

Castro-castillo de Añézcar

 

             Añézcar, antiguo concejo de la Cendea de Ansoain y ahora concejo del municipio de Berroiplano, ha triplicado sus habitantes en un siglo y su nombre ha ido a la par de Contrucciones Metálicas AÑURI, del Centro Hípico Añézcar, construido en los ochenta con muchas pistas, cubiertas y descubiertas, y de la reciente urbanización de tres hiladas de casas exentas entre el pueblo viejo y la carretera, que acoge a la mayoría de su población. Delante de su linda iglesia protogótica parte el camino que sube al castro y al castillo de Sardea (¿horquilla de púas?), poco conocidos de casi todos. Ya nos dice una joven, que baja del  monte con su perro:

Hay mucho camino, ¿eh? Y, además, arriba no hay nada.
-Ya, ya…

Pero no nos desanimamos. Subimos, llevando a nuestra derecha una ladera espesa de pinos, cedros, cipreses, herbazal y matorral, que da a la carretera, y, a nuestra izquierda, robles, quejigos, algunas carrascas y bojes. A los lados del camino, cercado a ratos por vallas de alambre viejo, muchas lechetreznas con sus flores exóticas en umbela, muchos durillos o laurentinos con sus blancos corimbos, amarillas allagas, rosales silvestres, endrinos, madreselvas a punto de florecer, margaritas, estrelladas, cuernecillos… A medio camino, vemos dos yeguas blancas con un potrillo pinto, y cerca, otra yegua de color oscuro con otro potrillo. Están a lo suyo y no se espantan ni nos espantan. La verdad, no nos extraña, estando tan cerca el Centro Hípico. Y lo cierto es que durante todo el trayecto vemos huellas inconfundibles de caballos y yeguas, con el olor natural correspondiente.

El monte, como nos suele suceder, es mucho más amplio de lo que creíamos.  Y más alto, incluso. Llegados a la cima -la llamada peña de Larragueta-, verdadero murallón rocoso, en rampa noroeste-sureste, que termina en dos imponentes farallones, lo recorremos todo hasta el extremo más alto. Aqui hubo un castillo o torre defensiva medieval y con sus ruinas se levantó después la ermita de San Salvador, viva aún a fines del XVIII , a la que el pueblo acudía en romería. Por si algo faltaba, se erigió en los años cuarenta del sigo XX un cartel publicitario del célebre toro de Osborne, que era todo un totem para los que pasábamos por allí. Un movimiento de tierra lo removió hace años y el cartel, a pesar de su guapura, fue retirado. Con todo lo cual, y sabiendo que hubo numerosos frentes de cantera de piedra y cal, abiertos en este punto, si antes quedaban pocos restos, ahora quedan aún menos, además del cemento posterior añadido.  Un terraplén de tierra, obra antrópica, en la parte oriental, la menos naturalmente defendida, hacía de muralla del oppidum, seguramente con un cerco superior empedrado, según los expertos

Por aqui encontró Amparo Castiella y después Javier Armendáriz abundantes restos de cerámica de la época del Hierro Medio y Final, y, lo que es más curioso, numerosos proyectiles plomizos de honda, o glandes, de la época republicana (siglo I a. C.). Lo que nos da a entender un asedio por parte de las tropas sertorianas, que, como en Irulegi, habrían acabado con el poblado.

Nos asomamos sobre los acantilados al cuadrángulo  que forma el pueblecito de Larragueta, pequeña plaza fuerte, muy renovada también; al robledal y urbanizaciones deportivas de Zuasti; a los pueblos de la Cendea de Olza y de la Cendea de Cizur, hasta Zariquiegui. La gentil combinación de los vsrios campos de colza amarilla entre el verde espeso de los trigales y el verde claro de los cebadales solo en en estos días de abril se puede contemplar. Allá, lejos, sobre las ripas del Arga, el campamento romano de Gazólaz.

Al volver, lamentamos el deterioro de muchos robles, atrapados y axfisiados por las lianas y consumidos por los líquenes. Relucientes también por esta parte están los sembrados de Elcarte y Oteiza, vecinos de Añézcar. En los montes que los encimeran luchan los pinos contra las hayas .Y, al fondo, siempre, el chafarrinón conurbano, que va desde Huarte hasta Zizur Mayor, bajo los dos vigilantes mayores, que son Izaga y la Higa de Monreal. En la pista principal del Centro Hípico, a nuestros pies, se mueven unos caballos. En la ladera de los pinos, las yeguas se han multiplicado.

Damos una vuelta por el disperso pueblo viejo, al que el bello y amplio hipódromo, junto con las naves industriales y la urbanización reciente, le han cambiado la fisonomía. Queda la iglesia de san Andrés como el mejor recuerdo de los siglos. Preciosa portada del románico popular: en los capiteles, bajo las arquivoltas de arco apuntado, siguen estando dos hombres que luchan, un águila con un conejo en sus garras, dos personas orantes, dos centaruos contrapuestos… En los cimacios, lucen palmetas, hojas de hiedra, pámpanos, cepas… No hemos vsto una viña en todos los alrededores visibles. Pero aqui tenemos un testimonio irrefutable de las viñas que hasta hace poco hicieron famoso el txakolí local…

Una justa fiscalidad

 

         De la Administración Biden nos llega la buena noticia de la búsqueda  de un gran pacto social que asegure que las grandes compañías contribuyan  del modo más justo a las arcas públicas. Algunos países europeos, como Francia y España, acaban de aprobar un impuesto sobre servicios digitales, la conocida tasa Google, para gravar más y mejor a las empresas tecnológicas, que pueden trasladar sus activos intangibles a países con fiscalidad más favorable. La Comisión Europea ha celebrado la iniciativa norteamericana y ha emplazado al gobierno de los Estados Unidos de América a cerrar un acuerdo próximo en el seno de la OCDE, donde se negocia desde hace una década un marco global tributario adaptado al entorno de la economía digital, que evite la trasferencia por las grandes multinacionales de sus bases imponibles a jurisdicciones fiscales más laxas. Con Trump el acuerdo se había hecho imposible.

Incluso el FMI (Fondo Monetario Inernacional), guardián de la ortodoxia liberal, ha propuesto la creación de un impuesto  temporal de solidaridad a fin de que las rentas más altas y las empresas beneficiadas durante la pandemia contribuyan a pagar la factura de la crisis. Un capitalimo decente no puede oponerse a un fin tan justo como es tener unos sólidos servicios públicos  que generen una sólida cohesión social.

 

En Mendi, un castro de Galar

 

         Noain, nombre romano por excelencia, ayuntamiento compuesto (8.354 habitantes) y concejo al mismo tiempo, lo tiene todo: acueducto neoclásico; aeropuerto renovado; el río Elorz, que, un día, acaso, podría ser navegable; varias carreteras; vías de tren de viajeros, y una estación de mercancías, tercera terminal de España. Noain tiene también, por si algo le faltaba, un vecino castro prerromano, que visitamos esta tarde, abrileña con sol y cierzo benigno. Partimos de este pueblo-jardín, en que ha devenido Salinas, sede del ayuntamiento de la Cendea de Galar, desde una hilera de casas nuevas, a cuatro aguas, con pequeños jardines a sus puertas. El camino que nos lleva al monte Mendi, graciosa redundancia habitual en muchos pueblos, pasa por encima de las ripas labradas por el río Elorz, camino de su desembocadura en el Arga. Los terrenos aluviales, que seguramente en tiempos anteriores fueron huertas, hoy son campos de cereal o floridos habales. En frente, tenemos la estación de mercancías y, un poco más lejos, el corredor de aeropuerto.

Llegamos pronto a la quebrada, donde el bueno de Joxe Ulibarrena -hablé y discutí mucho con él en su casa-museo de Arteta y en otros sitios- levantó el monumento en memoria de los  agramoneses navarros y  soldados franceses, vencidos estrepitosamente en la batalla del 21 de junio de 1530 por las tropas castellanas, notablemente vascongadas, y por los beamonteses navarros. Escribí en su su día sobre esta batalla y no es cosa de demorarnos en ella. El patriota (abertzale) vasco que era el peraltés quiso simbolizar al nabarro independiente-independentista y luchador con una estatua gigantesca y una espada en la mano mirando al viejo escenario de batalla. Los materiales son frágiles; la infaestructura, débil, y la conservación muy deficiente. Las leyendas, inscripciones y apuntes de las columnas y del techo bajo de de la plataforma principal -donde se suceden los nombres de Carlos V, Loyola, Julio II, los Reyes Católicos, el Prncipe de Viana…, un despropósito.

Pero dejamos el siglo XVI y seguimos subiendo… hasta la Edadd del Hierro y más lejos todavía, en busca del castro prerromano. Como toda esta parte del cerro amesetado es un vasto campo de trigo en herbal, vamos por las orillas de la pieza o aprovechando los surcos del tractor, donde apenas crece el cereal. Lo descubrió en los años ochenta José Antonio Borja y lo excvavó someramente Amparo Castiella para constatar que el fondo arqueológico estaba totalmente destruido por el continuo laboreo de la tierra o los habituales expolios de piedra para nuevas construcciones. En su espacio se encontraron, dispersas, cerámicas manufacturadas y torneadas celtibéricas, canas de piedra, molinos de mano, un fragmento de pulsera en carbón fósil, fragmento de terra sigillata hispánica, y… vestigios de industrias muy anteriores, del Paleolítico Inferior o Medio. Lo que muestra la pervivencia del poblado durantes miles de años. No sabemos ccuándo dejó de existir. Probablemente, tras la llegada de los romanos, sus habitantes bajaron a vivir  a la Cuenca o, quien sabe, se añadieron a los paisanos de Pompelo.

Todo lo que vemos o intuimos son tres niveles de bancales, o fosos, en la ladera occidental y en la cumbre un talud artificial, que esconde tal vez fragmentos de la muralla primitiva. Pero, a falta de evidencias, bastan los indicios y los recuerdos. Y esta espléndida vista de la Cuenca de Pamplona desde el sur y del Somontano verde del Perdón, amarilleado por la colza abrileña.

El Dios de Eduardo Chillida

 

Cuando su hija Susana. cineasta y pedagoga, pregunta a Eduardo Chillida (San Sebastián, 1924-2002), en uno de sus libros, qué piensa de Dios, el escultor vasco contesta:

Yo pienso que está en todo. Dios es el todo. El gran fin, la gran meta, la diana…

 Chillida, que se tenía por un cristiano normal y corriente, un cristiano de misa los domingos, le responde alsu amigo el jesuita Antonio Berstain, cuando este le pregunta el porqué de la presencia múltiple de la cruz en toda su obra:

Es lo más importante del cristianismo, y ahora mismo acabo de  hacer una cruz para que se coloque en el Buen Pastor, en la catedral, mirando hacia Santa María. Se va a llamar, en euskera, La cruz de la paz, porque me encargaron un símbolo de la paz y no conozco ningún otro símbolo mejor.

Aquella cruz, en alabastro, la regaló el artista a la catedral donostiarra en 1997. Otra obra, donde estaban las tres cruces, la envió Chillida al Vaticano, dejando claro que también el mal ladrón pudo salvarse, como su compañero:

Es un lugar de encuentro de toda la historia de la humanidad, de todas las cosas que han pasado. Un acontecimiento que supera cualquier otro, en mucho, por la trascendencia que ha tenido y sigue teniendo. (…) Él no exige el castigo, lo que exige es perdón a todos en la cruz. Por eso hablo de la La cruz de la paz, poque él da su vida  por los demás allí, de modo que de castigo, nada.

Cuando el jesuita amigo le pregunta si quiere ver a jesús, el artista le dice:

Quiero ver más de lo que veo. Sé que detrás de todo estará eso, pero no aspiro a tanto. Aspiro a ver lo que todavía no he visto y a conocer lo que todavía no he conocido. Por eso no miro para atrás y por eso estoy perdiendo la memoria. Me da la impresión, en cierto modo, de que se me olvidan cosas. Pero, en cambio, puedo todavía ir un poco más adelante.

Piero della Francesca: Resurrección de Cristo

 

A Piero della Francesca,
autor del bello Políptico:
uno de mis pintores itálicos

preferidos.

 

Piramidal, hierático,
aparece Cristo,
saliendo triunfante del sarcófago,
de mármol límpido.
El Crucificado,
todavía herido,
tiene un pie sobre la losa:
vencedor definitivo,
en la mano derecha un blanco pendón,
con la cruz roja teñido,
y, a sus pies,
los cuatro guardias dormidos.

Unos árboles desnudos
del invierno ya ido,
frente a otros, primaverales,
de verde renacido.

El sepulcro vacío

 

Mt 27, 62-66 y 28, 11-15.

 

Sepulcro en la roca,
Sepulcro vacío.
No es ninguna prueba,
sino solo un signo.

¿Escapó Jesús
del sudario frío?
¿Quizás su cadáver
fuera removido?
¿Robaron su cuerpo?
¿Acabó perdido?

Sepulcro en la roca
Sepu
lcro vacío.

No es ninguna prueba,
sino solo un signo.

Por negar el bulo,
Mateo tardío
inventó la historia
de que los judíos
colocaron guardias
que, retribuidos,
tras la resurrección
dijeron, ladinos,
que, mientras el robo,
quedaron dormidos.

Sepulcro en la roca,
Sepulcro vacío.
No es ninguna prueba,
sino solo un signo.

Lugar sacrosanto,
culto primitivo,
donde las mujeres,
donde los discípulos
vieron al Maestro
glorioso e invicto.
Palabra del Padre
y de Dios testigo.
Salvado por Dios
del sheol maldito.
Primicia de vida
y entre muertos vivo.

Sepulcro en la roca,
Sepulcro vacío.
No es ninguna prueba,
sino solo un signo.