Ardía, bullía, hervía…

Ardía, bullía, hervía Bilbao esta tarde, 9 de mayo. El lema de ¡Aupa Athletic! flameaba  calles, plazas, palacios, casas, oficinas, comercios, bloques enteros. Hijos y padres, niños, jóvenes y mayores, blandían caras pintadas, camisetas, camisas, pañuelos, faldones, lazos, gorros, boinas, foulards, toallas, banderas, banderolas y banderines… como si alzaran o custodiaran trofeos, como si cortejaran la copa que esperaban recibir en Bucarest. Era el delirio de la Europa League y de la Europa League Cup  en la ciudad más anglófila de España, o del Estado o de la Penínsiula, según los más sabinianos. El popular alcalde de Bilbao, tan británico él, había ya anunciado que, si el Athletic se llevaba la copa frente a un copero Atlético, nada menos que de Madrid -del Madrid de muchas obsesiones de sus ciudadanos-, no se sabía qué podía ocurrir. Hasta había aficionados que, desde Rumania o Rumanía, declarado habían que el inminente triunfo iba a ser el acontemiento mas grande desde 1789. Todo grande en el país de los grandes, que suelen ser  los más niños, si te descuidas. Y es que el  deporte se ha convertido sin duda en el vínculo y símbolo de identidad más poderoso en nuestro tiempo. Lo que un día fueron las guerras, los ejércitos, las banderas victoriosas, los  generales en jefe, los mariscales, las cortes, los emperadores, reyes y reinas, repúblicos, dictadores… son hoy los equipos deportivos, especialmente de fútbol, el deporte rey. Antes de conocer la  severa derrota del Athletic, al atravesar la calle Licenciado Poza, que lleva al estadio de 40.000 espectadores, que llaman nada menos que la catedral (del fútbol), devenida en bullanga y algazara, me ha  conmovido el espectáculo como nunca había visto. Era, además, el Athletic de mi adolescencia, el equipo al que yo esperaba en la magia de las tardes de los domingos del largo curso. El equipo, cuyas derrotas, pocas en aquellos años, me quitaban a veces las ganas de cenar. El pueblo vasco, el pueblo vizcaíno, el pueblo bilbaíno, tan dividido, tan despedazado, tan partido y repartido, tan retortijado, tan maltratado y maltratador, tan vulnerable  y débil, tan suyo y tan otro durante tantos años, bien se merece un símbolo de identidad, tan elemental y ancestral como el Athletic; un sucedáneo amable y colorista (tricolor) de otras esperanzas e ilusiones, blancas, rojas y verdes; un salvavidas de fines de semana; un entretenimiento para todos los públicos y para todas las horas; un talismán, un comodín, un agüero común y comunal.