Anselmo Guinea

La exposición de Anselmo Guinea (Bilbao, 1855-1906) en el Museo Bellas Artes de su villa natal es el homenaje a uno de sus pintores más fecundos y más representados en él, y al mismo tiempo el recorrido de su persona y de su arte por los varios espacios europeos, que sirivieron de guía a muchos otros pintores vascos que le siguieron durante todo el siglo XX. El visitante va contemplando, paso a paso, la obra completa de este excelente dibujante, dominador de la luz, buen compositor y ejecutor, que nos retrató en bronce Nemesio Mogrobejo. Sus primeros paisajes vascos (Playa de Bakio) o los primeros cuadros que celebran las leyendas vascas (Jaun Zuria), antes de trasladarse a Madrid y a Roma, donde entrará en contacto con el historicismo y costumbrismo italiano o el orientalismo del sur de la Península (Rerato de Capri). A su vuelta a Lekeitio, recogerá el costumbrismo vasco, inspirado, entre otros, por Trueba, y por Guiard, que le acerca al reciente impresionismo (Idilio en Arratia). Su impresionismo se afina durante su estancia en Deusto, entre la ría y los huertos (En el huerto, La recolección de la manzana…). De sus posteriores visitas a París, ya en contacto con Zuloaga, Regoyos o Rusiñol, viviendo también  en Montmartre, nos quedan varias muestras de aquel ambiente, como la del Vagabundo, qu vale por otras muchas. Tras su regreso a Bilbao, y por contraste, Guinea se siente nostálgico de la vida tradicional de los hombres de su tierra, labradores y pescadores, que comienza a desaparecer tras el avance del industrialismo, que no le gusta y menos le inspira. Son los últimos años del siglo, de los que nos quedan muchas de sus buenas obras: Después de la misa en la iglesia de Arteaga, Chacolí, Pascua florida, Retrato de niña…, o cuadros que reflejan la vida en el mar, que él conoce por sus recorridos por la costa o, acompañando a su amigo el naviero Ramón de la Sota, mecenas del nacionalismo vasco, por medio del mar. De entonces nos quedan varias marinas y el recuerdo de algunos azules inolvidables, como en el dramático Salvamento de la lancha Josephita. Es tambien un tiempo maduro, en el que Guinea emprende nuevos proyectos artísticos: decoraciones de libros y revistas, decoraciones murales y vidrieras para palacios y casonas de Bilbao. Su nueva y larga estancia en Roma, a comienzos de siglo, y en vísperas de su muerte, le llenará la paleta de colores más realistas, los colores de la gente que vive y sufre -lo que entonces se llama realismo social-: gente de la calle, de la taberna, del suburbio (Gente, La taberna...), pero sin que los cuadros dejen de tener un aire un tanto costumbrista y un poco frívolo, lejos de los tétricos ejemplos de otros pintores realistas de su generación.