El tenue sol invernal envía su primera luz, rosa clara -rosicler- al Valle de Arakil-Araquil (Ara coeli), altar del cielo, en cuya cima los cristianos pusieron, siglos más tarde, al arcángel san Miguel, adalid de la angelería celestal, en lugar del quasi angélico y sanador dios Mercurio.
Los romanos eligieron el hondo fondo del valle como ruta de primer orden con varios establecimientos (mansiones) famosos, base tambien del futuro Valle. Y el río, que lo abrió y conformó, se quedó igualmente con el nombre.
La luna, pálida luz de la noche y de los muertos (ilargi), se difumina y se esfuma.
Arakil-Araquil.
ara del cielo,
ara del sol,
ara de la mañana limpia y del día diáfano.
Tras el canto de la alborada, al amanecer (al mañanear), siempre milagroso, una flauta raveliana despierta al pastor émulo de Daphnis, que descubre a su amada Chloé, y el dios Pan preside la danza de la luz y del movimiento universal.