Claustro benedictino y cisterciense de Iranzu (s. XII-XIV): jardín interior, patio de silencios, solarium de recogimiento, cuadrícula nuclear que unifica a través de las cuatro pandas o crujías todo el austero y ancho mundo del monje: el templo, el dormitorio, el refectorio, la sala capitular, al armarium o biblioteca, las tierras de labor…
En el claustro suelen sombrear unos cipreses, señeros u firmes, rellenos de pájaros ruidosos; cifra vegetal de la contemplación, de la perennidad, de la inmortalidad:
Flechas de fe, saetas de esperanza.
El jardín arquitectural, muy restaurado, del claustro florece en arquerías, bóvedas de armería, rosetones, maineles, columnillas, baquetones, arcos ojivales, trilóbulos… Los espejos signíferos de los capiteles nos reflejan rosetas, pencas con bolas, hojas de higuera, pámpanos con pájaros picoteándolos, hojarascas, leones y dragones, águilas, monjes con libros…
Desde las claves de las bóvedas nos miran y nos siguen corderos apocalípticos, cabezas varias, estrellas de diversas puntas, rosetas, cruces, flores de lis, manos bendicientes, un Cristo llagado sedente y Nuestra Señora coronada, Todo un apretado cielo medieval.
El monumental monasterio de Santa María fue puesto en pie el año 1176 por los monjes francos de la abadía de Curia Dei, sobre el anterior benedictino de San Adrián. Abrigado del cierzo, dentro del cañón abierto por el río Iranzu (que suena, en vascuence, a ira, helecho; a helechal), al pie de la sierra de Urbasa, ha resistido bien que mal todos los embates climatológicos y sobre todo históricos.
Abandonado en 1839, tras las primeras desamortizaciones, se hicieron cargo de él en 1945 los religiosos teatinos.
Hoy es también el símbolo y el centro de un intenso movimiento de promoción social, cultural y ecológica del Valle de Yerri y de los Valles circundantes: Tierras de Iranzu.