Hacía tiempo que el Bellas Artes, de Bilbao, junto con el Museo del Prado, no habían organizado una exposición de tan alto rango como ésta. El pintor extremeño Luis de Morales (c. 1510 – c. 1586) fue un pintor religioso por excelencia, lo que le valió el apodo de El Divino, muy influido por Alonso Berruguete, la escuela flamenca y por el italiano Sebastiano del Piombo. Fue durante un tiempo el pintor favorito de su mecenas el obispo de Badajoz, Juan de Ribera, hoy santo, que fue después arzobispo de Valencia y virrey, uno de los eclesiásticos reformadoress más eximios de su tiempo. Dejando ahora de lado ciertas futilidades que se encuentran en cualquier sitio, la inmersión en esta copiosa exposición de decenas y decenas de cuadros, muchos de ellos vistos en otro tiempo en Madrid y en otros museos, me ha dejado el gusto y el regusto, por ejemplo, de la hermosura sorprendente del Tríptico del juicio del alma de Juan de Ribera; de la majestad dolorida de los Ecce homo; del patetismo de La Piedad (1580), entre otros ejemplares del mismo motivo; del esplendor figurativo del Resucitado; del encanto de la Virgen de la leche, en diversas versiones, o de la originalidad de las Vírgenes gitanas, o con el Niño escribiendo, o con San Juanito (evocando a Rafael), así como de la Sagrada Familia con el horóscopo… Qué ternura en los rostros gozosos o doloeridos. Qué delicadeza (sfumato) en algunos rostros virginales. Qué color excelso. Que cercania dramática…