Coger castañas en el suelo, en los últimos días de octubre y primeros de noviembre es una tradición y una fiesta nutricia. Como lo era hasta hace poco, y lo sigue siendo todavía en algunas casas, asarlas en el tamboril, y comerlas, sobre todo en Nochebuena, acompañadas de sidra. O cocidas con sal y una hoja de berza, o con unos granos de anís.
Bajo los árboles corpulentos y milenarios (castanea sativa, castaño, gaztañondo), de copa amplia y esférica, de corteza parda y apretada, hojas oblongolanceoladas y de verde fúlgido, aparecen los frutos, como polluelos, de tres en tres, en el interior de una cúpula o cáscara con espinas exteriores, llamada erizo, abierta en cuatro valvas.
Alimento habitual y comercializado en Baztán y Regata del Bidasoa, y apreciada su madera para muebles, tarimas y cestos, el chancao; la tinta, que apareció en 1871, o el cáncer cortical destruyeron gran parte de nuestros castañares (que dieron nombre, entre otros, a un pueblo de la Rioja Alta), mezclados a veces con robles y hayas, o crecidos entre helechales.
Subimos el leve repecho cogiendo las últimas castañas del borde más apartado del camino, escena silenciosa y casi arcádica, mientras oímos el fragor de los barrenos en las vecinas canteras de Magnesitas y contemplamos el desplome polvoroso de los bloques de material, que se precipitan por la ladera.
Ricas sus prietas carnes en sustancias tánicas, la decocción de sus hojas servía para lavar los cabellos claros, rubios o de color castaño. Secados al sol, adquirían un brillo dorado, como el de las elegantes hojas otoñales, ahora libres y sueltas al viento, de estos árboles generosos, que nos lanzaron como pelotillas de juego los últimos frutos del bosque.