En el artículo titulado Un diálogo, inserto también en el volumen III de sus OC, Ortega critica la critica literaria católica de Henri Massis, inexistente para el filósofo español, como tal crítica católica. En él y en otros católicos militantes de Francia ve con frecuencia frases en que se insulta a todo lo que no es catolicismo tradicional y otras en que se afirma vehementemente la superioridad del catolicismo tradicional. Lo que le parece un catolicismo comodín que justifica la ignavia. Catolicismo que contrasta, según él, con la egregia labor de católicos alemanes, como Scheler, Guardini, Przywara, que se han tomado el trabajo de de recrear una sensibilidad católica partiendo del alma actual. Que no tratan de renovar el catolicismo en su cuerpo dogmático, sino de renovar el camino entre la mente y los dogmas. Obra de auténticos pensadores, que han conseguido, sin pérdida alguna del tesoro tradicional, alumbrar en nuestro propio fondo una predisposición católica, cuya latente vena desconocíamos.
En cambio, los escritores católicos militantes franceses, que confunden el catolicismo con el tomismo, le parecen más bien gente política: atacan y defienden; no meditan. Insultan y enconan: no investigan. Usan del catolicismo como de una maza. Se ve demasiado pronto que su afán no es el triunfo de la verdad, sino apetito de mando: actitud aprendida de los sindicalistas, comunistas, socialistas extremos, que creían poseer en cifras todas las verdades y desdeñaban la ciencia burguesa.
De la religión -concluye Ortega- no se deriva una filosofía, ni, en general, una ciencia, menos aún una estética, y todavía menos una crítica literaria. No basta ser católico para hallarse en posesión de tan espléndido patrimonio. Precisamente, la suma originalidad del catolicismo frente a todas las demás religiones es que separa de manera radical la fe de la ciencia y a la vez postula la una para la otra sin allanar violentamente su fecunda diferencia.
La fides quaerens intellectum (la fe que busca la inteligencia) de San Anselmo le parece al filósofo madrileño acaso el lema más fértil que se ha inventado, y el que más agudamente define la mente del hombre. La fe que siente su propia plenitud en forma de enorme sed de intelecto: audacia admirable del catolicismo. La fe, no holgazana, que no se contenta consigo misma y exige pruebas de la existencia de Dios.