Tercer domingo de Adviento

 

(Mt. 11, 2-11)

No fue Juan una caña movida por el viento
de la fama o de la novedad.
Fue todo un profeta, y más que un profeta;
la figura más noble de la Antigua Alianza,

que predicó un bautismo de penitencia y conversión.
Él era el precursor enviado
de quien venía tras él,
con la misericordia y el perdón,
y no con pretensiones milagreras,

a dar la vista a los ciegos,
la marcha a los inválidos
y la buena noticia del Reino a los pobres.

Juan se alegró,
cuando supo en la prisión herodiana

que había llegado la hora de aquél,
del que no era digno ni siquiera
de desatar,
inclinándose,
la correa de sus sandalias.