«Que no está el amor de Dios…»

Sí, que no está el amor de Dios en tener lágrimas ni estos gustos y ternura -que por la mayor parte los deseamos y consolamos con ellos-, sino en servir con justicia y fortaleza de ánima y humildad. Recibir más me parece a mí eso que no dar nosotros nada. Para mujercitas como yo, flacas y con poca fortaleza, me parece a mi conviene, como Dios ahora lo hace, llevarme con regalos, porque pueda sufrir algunos trabajos que ha querido Su Majestad tenga; mas para siervos de Dios, hombres de tomo, de letras, de entendimiento (…), no digo yo que no la tomen -si Dios se la da- y la tengan en mucho, porque entonces verá Su Majestad que conviene; mas cuando no la tuvieren, que no se fatiguen, y que entiendan  que no es memester -pues Su Majestad no la da- y anden señores de sí mesmos.

(Santa Teresa de Jesús, Vida, 11, 14)