Por imperativo legal -contestaba el otro día el presidente del tribunal, Manuel Marchena, a una testiga de las defensas de los independetistas, que blandía ese estribillo- se celebraba el mismísimo juicio. Por imperativo legal, él presidía, ella daba su testimonio, defendían los abogados, acusaban los fiscales… Todo por imperativo legal. Lo que era decir… nada.
La formulita tramposa y cobarde la inventaron en aquel tiempo los diputados batasunos, para mostrar su rechazo a la Constitución y dejar claro que tenían que acatarla para que no los expulsasen del Congreso. Y ahora, oh prodigio, la utilizan los independentistas catalanes y los confederalistas y autodetermnistas del PNV, más todo aquél que quiere aparecer progresista y no ser tachado de españolista. Pero ninguno de ellos declara que por imperativo legal se presenta a las elecciones, acude al Parlamento, cobra el dinero de todos los españoles entre los que no se cuenta, participa en la legislación de un Estado que aborrece, y se llama diputado del pueblo español que detesta.
Lo cierto es que ha sido un triste espectáculo, estrenado hace cuatro años por los podemitas, entonces ya tolerados por aquel PP mayoritario, y ahora legitimados por el PSOE. El Tribunal Constitucional no dijo en su sentencia sobre el acatamiento de la Constitución lo que la presidente del Congreso, Meritxel Batet, dijo que dijo. Querer creer que alguien acata la Constitución, mientras habla de presos políticos, de exiliados, además de obedecer o de ser fiel a la voluntad del 1 de Octubre, es, además de un clalro fraude de ley, todo un esperpento político, como esperpento cívico ha sido todo el conjunto de la sesión. Incluso, para tal calificación, ha ayudado mucho la figura del presidente de edad de la Cámara, un honrado médico burgalés , de 73 años, de exquisito castellano, con barbas de chivo blanco, que a todos nos ha evocado la eminente figura de don Ramón María del Valle Inclán, autor de nuestros mejores esperpentos. Como el de hoy.