Por fin, el lunes 21 de febrero, la Unión Europea (los ministros de asuntos exteriores), y, el martes siguiente, el Congreso de los diputados de España aprobaron sendas resoluciones de condena de las matanzas, ejecuciones, capitales -el ministro cristiasno de Pakistán es el útimo, que se sepa-, atentados, encarcelamientos, expulsiones, amenazas… contra ciudadanos cristianos en varios países, como Afganistán, Egipto, India, Irak, Irán o Pakistán. No ha sido nada fácil. Lo sé yo mismo por experiencia de antiguo parlamentario europeo. Hasta última hora estuvieron dudando ciertos ministros y gobiernos europeos, retenidos por falsos complejos progresistas, laicistas o ecumenistas. Sólo a través de la plataforma HazteOir.org, más de 21.000 peticiones, tan sólo en 72 horas, fueron cursadas desde España a los ministros europeos. Más de 43.000 a la ministra de exteriores española por la libertad de un preso cristiano, Said Musa, condenado a muerte en Afganistán. Más de 60.000 por la libertad de la prisionera Asia Bibi, condenada a muerte, en Pakistán…. En el Parlamento español, la minoría de Esquerra Republicana representó bien tales prejuicios. En Bruselas el Consejo de la Unión dio instrucciones a la Alta Representante europea para las Relaciones Exteriores, Catherine Ashton para que presente un plan de acciones concretas para proteger a las víctimas de la persecución religiosa e instó a la Organización de las Naciones Unidas a tomar cartas en el asunto. Está por ver la eficacia de tales decisiones. Pero menos fue nada durante años.
