Cuando nuestro rey Sancho VII el Fuerte prestó a Pedro II de Aragón, el año 1209, en Monteagudo, una importante cantidad de dinero, tomó en prenda los castillos de Escó, Peña, Petilla y Gallur. El sucesor de Pedro II, Jaime I, agotados sus recursos en la reconquista de Mallorca, no pudo hacer frente a los compromisos con el rey navarro y tuvo que renunciar, en 1231, entre otras, a la plaza cimera de Petilla.
Petilla de Aragón continuó siendo navarra hasta hoy, único enclave fuera de nuestras mugas, junto con el próximo y forestal de los Bastanes.
Don Santiago Ramón y Cajal, que aquí nació, hijo de médico rural, se vino un día en mula y recorrió la gran montaña, áspera y peñascosa, de pendientes descarnadas y abruptas, que llena con su mole casi todo el horizoante. Subió, atravesando el riguoroso cierzo, hasta las imponentes y colosales peñas a modo de hoces, y contempló las ruinas del vetusto castillo, fortaleza un día del distrito o tenencia del fronterizo Valdonsella.
Muy reducida la población, pero mucho más cómodamente asentada, queda de aquellos tiempos la iglesia cisteciense de San Millán, que archiva, reluciente, arte gótico, renacentista y romanista.
Queda, remozada, la Casa-Museo de Cajal.
Queda sobre todo la voluntad de vivir en este paraje arriesgado y deslumbrante, lejos ya de aquel lugar de expiación y castigo, como le apareció a nuestro Nobel de Medicina.