En el mundo de hoy sufren por su fe 350 millones de cristianos. De ellos, 200 millones padecen una persecución directa y declarada. Y su situación es peor que hace unos años. Mientras en un país como Vietnam las cosas van para mejor, el fundamentalismo y la intolerancia aumentan en varios países islámicos. Hoy mismo nos llega la noticia de que el Tribunal Penal Internacional ha dictado la orden de detención del presidente de la República Islámica de Sudán, caso único hasta ahora,y me he acordado de las muchas veces que denunciamos en el Parlamento Europeo las atrocidades cometidas por ese gobierno fanático islamista y su ejército contra los cristianos del sur de su país, sin que nadie nos hiciera el menor caso. En 60 Estados se vulnera hoy la libertad de conciencia. En India, donde se ha recrudecido la persecución, ya son más de 80 los mártires cristianos en los últimos meses. Casi nadie sabe en Europa que varios obispos católicos chinos estuvieron detenidos durante los Juegos Olímpicos y no pudieron asistir después al Sínodo de Roma. En Irak han sido asesinados dos docenas de cristianos en Mosul, mientras huían más de 10.000 de la región. En Palestina continúa el éxodo… Y todo ello en medio de una vasta indiferencia institucional y de una apatía política y mediática que se da de bruces con la cacareada sensibilidad de los organismos oficiales. Si fueran ballenas o lobos, tal vez haríann más caso. Es muy cómodo confundir laicidad con indiferencia: no da ningún quehacer, y, además, la libertad religiosa ¿que es sino que cada uno pueda creer, allí, en su conciencia, lo que quiera? ¿Para que más?