¡Oh vilipendio! ¡Oh siglo!

Había nombrado el rey Carlos IV a Jovellanos secretario de Gracia y Justicia, a petición de Godoy, y nuestro gran ilustrado no estaba cómodo, no se hallaba en el nuevo cargo y andaba con la salud quebradiza. Tal vez para distraerse publicó, enero de 1798, su tercera sátira en el Diario de Madrid, en la que arremete contra la tiranía de los maridos, seguramente tras haber sufrido, oído o leído, tal vez sobre su mesa de despacho, algún problema de violencia matrimonial, que antes existían más que ahora aún. Jovellanos había escrito otras dos sátiras anteriores, la primera contra las malas costumbres de las mujeres nobles, y la segunda contra la mala educación de la nobleza, en la que ataca a los nobles aplebeyados y afrancesados. Merecen la pena los últimos versos:

¡Oh vilipendio! ¡Oh siglo!
Faltó el apoyo de las leyes. Todo
se precipita: el más humilde cieno
fomenta y brota espíritus altivos,
que hasta los tronos del Olimpo se alzan.
¿Qué importa? Venga denodada, venga
la humilde plebe en irrupción, y ususrpe
lustre, nobleza, títulos y honores.
Sea todo infame behetría: no haya
clases ni estados. Si la virtud sola
les puede ser antemural y escudo,
todo sin ella acabe y se confunda.