Antiguo Sábado de gloria y ahora Sábado santo, primaveral de sol y de sonrisas tras las prolongadas lluvias cuaresmales. Primero por Acedo, y luego por Cabredo, Genevilla y Marañón salimos de Navarra, entre esparragueras, y nieves de cerezos, espinos y perales, y por Bernedo, costeando las espaldas de la sierra de Toloño-Cantabria, paraíso de hayedos, nos adentramos en la provincia de Álava.
Por carreteras poco frecuentadas llegamos al nordeste geográfico del ayuntamiento de Peñacerrada-Urizaharra, al sur del Condado de Treviño, y al sur también de la Cuadrilla de la Montaña Alavesa. El singular concejo al que llegamos, con 7 casas tradicionales, en torno a una robusta iglesia de san Miguel (ss. XVIII-XIX) y algunas casonas muy recientes de Faidu-Faido, que tiene este año 17 habitantes. Plantado en un hoyo entre montes, en la pared externa de la primera casa que vemos hay una gran pintura mural del lugar y una fuente de agua fresquísima frente a la iglesia, que nos hace el primer favor.
Faidu-Faido es uno de los muchos lugares alaveses que tiene las cuevas santas de los ermitaños de los siglos V-VIII, o iglesias rupestres, que comenzamos a ver en Laño (Treviño), y que luego hemos ido visitando en Álava y en La Rioja. Aquí hay ocho o nueve cuevas, más o menos reconocidas, pero la principal es la la ermita de Nuestra Señora de la Peña, a la que subimos por una senda rocosa, bastante incómoda, al norte del poblado, defendida por un barandal de madera. Subimos entre grandes enebros, agavanzos, aliagas, cerezos silvestres, avellanos, cornejos, algunos pinos. Al socaire de una gran peña exenta y vertical se abre una primera cueva, con indicios de haber servido después, como tantas de ellas, para sepultura -la de un niño excavada en el suelo de roca es evidente- y en un segundo nivel se abre otra mayor, donde se construyó un recinto sagrado prerrománico y en el siglo XVIII un retablo de piedra blanca, en en el que se colocó la imagen de Nuestra Señora de la Peña, guardada ahora en la iglesia parroquial. Entonces se cubrió la cueva con un gran edificio de dos paredes, tejado y puerta de entrada. con arco de medio punto. Sobre la cima oriental de la roca levantaron una espadaña. En medio del atrio de hierba se levanta un majestuoso castaño de tronco rectilíneo, con sus larga ramas acogedoras, que se cubren ya de las primera hojas, brillantes de savia. Le acompañan en el suelo a su derredor algunos nazarenos, botones de oro y algunas violetas. Desde el atrio, cercado por un buen paredón, nos asomamos al barranco y al hayedo frontero, que comienza a ponerse ambarino.
Al bajar, vemos de lejos una cueva en medio del monte, que llaman Cruzia, pero que no está puesta en valor y es difícilmente accesible. Los libros hablan de otras dos cuevas reconocidas, llamadas de San Miguel, al otro lado del barranco, pero aquí no hay señalización alguna ni nada habla de ellas. Miramos al mapa. Subimos por camino empinado y nos damos con una valla de alambre que nos impide el paso. Pero no solo eso: cuatro burros, que deben de estar estabulados cerca, una vez que nos han olido, y pensando que les llevamos la comida, vienen apresurados hacia nosotros, lo que nos dan un segundo y serio motivo para no buscar más las cuevas de Sa Miguel. A primeras hora de la tarde vemos un padre con un niño en el pequeño parque infantil, al pie de la iglesia. Es la única persona que hemos visto.
Como tenemos todavía tiempo, visitamos brevemente los pequeños núcleos poblados del municipio: Baroja, Zumento, Pagoeta, Loza y Montoria, y nos detenemos un rato en la capital, Peñacerrada- Urizaharra, que tiene el 40 por ciento de los 332 habitantes actuales del padrón municipal: un óvalo irregular arquitectónico de bastida medieval, con gran plaza central -plaza de Fray Jacinto, bajo la iglesia de la Asunción-, y sus tres calles a un lado y otro, y puerta de entrada entre dos grandes torreones de la vieja muralla que rodeaba el fortín. Peñacerrada ha sido declarado Conjunto Monumental y Bien Cultural. Bellas casas, calles limpias y adornadas.
A la vuelta, por una carretera abierta entre bosques de hayas, llegamos a Lagrán, localidad autónoma en la misma Cuadrilla alavesa, municipio con su propio concejo, muy renovado, de 177 habitantes, cerca del cual descubrimos un día en pleno bosque las fuentes del río Ega, al que acompañamos hoy durante un buen rato, a la venida y a la vuelta. Y en el excelente bar del frontón, con una enorme terraza natural, llena de gente, nos aliviamos del fuerte calor que se nos ha echado encima de repente.