Miserere mei, Deus

(Piedad de mí, oh Dios, por tu  bondad)                                                                                                                   Salmo 50

 

No invoco ahora la verdad

ni el peso atroz de mi miseria,

eso que teólogos dotados del sentido del humor

llamaron pecado original ,

el más original de los pecados,

pues no lo es en absoluto.

No invoco mi miseria.

Invoco, Dios mío,

la verdad

de tu infinita misericordia,

de tu inmensa ternura,

la mejor descripción de tu Ser.

Lávame con nieve o con hisopo

de todos mis pecados,

esa extraña e inmunda palabreja, 

que hoy en día no se puede pronunciar.

Yo no nací culpable,

no.

Yo me he hecho culpable cada día,

y este no saberme así, 

este

no querer reconocerlo

es el mayor pecado que puedo cometer.

Porque así no es posible

ni mi verdad más íntima

ni la sabiduría de tu gracia.

Y ese pecado radical

aleja tu rostro de mi rostro

 y retira de mí tu santo Espíritu.

Crea, pues, en mí, oh Dios, 

un corazón

puro

y devuélveme

ese gozo inefable

que salve mi existencia

de la nada voraz y el sinsentido.

Abre, Señor, mis labios

a confesar mi culpa radical

de no aceptar mi culpa.

Entonces,

sólo entonces,

aclamará mi lengua tu justicia,

y mi vida podrá ser

una eterna alabanza.