La lucha contra el sida

El sida es una de las mayores plagas de nuestro mundo. Equivalente al negro caballo de la peste del Apocalipsis. En 2012, se calculaba en 35´3 millones el número de personas seropositivas en el mundo, de los cuales 2 millones eran menores de 15 años de edad. Ese mismo año, 1´6 millones murieron de sida en todo el planeta, un 30% menos que los 2´3 millones que murieron en 2005.  Desde 1981, más de 75 millones de personas se han infectado de VIH en todo el mundo. Alrededor de 9´7 millones se beneficiaron de los antirretrovirales en 2012, frente a los 2´9 millones de 2008. Hay, pues, progreso. Hay, pues, esperanza. Es curioso que la Iglesia católica, a la que muchos han presentado sólo como una rémora que ha frenado los avances para impedir la transmisión de la enfermedad y derrotar la pandemia  -y a veces con razón-, no sólo ha combatido en algunos lugares el uso del preservativo, sino que, sobre todo, ha estado en la línea del primer frente a favor de los más afectados, particularmente el África subsahariana, donde una de cada 20 personas está infectada de VIH, y sólo 1 de cada 4 niños infectados recibe medicación. Nos habla de todo esto un buen reportaje reciente de la revista VN, siempre en los lugares de trinchera donde se juega la suerte de nuestro próximo futuro justo y humano. Son ya conocidas mundialmente las ONG católicas que se adelantaron en Uganda, país arrasado por el morbo en los primeros ochenta: como la  famosa y madrugadora, puesta en acción por el misionero comboniano P. Joseph Archetti, convertida pronto en la llamada Reach Out (llegar a los de fuera), juzgada como «modélica» por el director de ONUSIDA. La célebre consigna, a veces objeto de rechifla, abc -abstinencia, fidelidad y condón para prostitutas y clientes-, puesta en práctica oficialmente más por pragmatismo que por razones morales en Uganada, dio sus frutos.  El año 2006, la tasa de infección había bajado del 30% al 6%, sobre todo alli donde la fidelidad de los casados y la abstinencia de los célibes eran valores consolidados socialmente, incluso entre los políganos musulmanes. Pero la cosa no paraba ahí. La campaña en favor del acceso de las personas seropositivas a medicamentos antirretrovirales de calidad a precios asequibles ha sido uno de los objetivos principales de las campañas llevadas a cabo desde el mismo Vaticano (Juan Pablo II y Benedicto XVI) hasta el último colaborador de las mismas, ante las compañías farmacéuticas y las instituciones mundiales. Otros grupos  católicos, como el caso de AJAN (red jesuita africana contra el el sida), creada en 2002, o la Comunidad de Sant Egidiio, con su red  «Dream», creada el mismo año, que colabora con las Hijas de la Caridad en seis países africanos, son mundialmente muy consideradas. Pero apenas hay una orden o congregación religiosa en África que no tenga algún programa contra el sida, como es el caso de los Padres Blancos en su centro de Bujumbura, capital de Burundi, con un equipo de médicos, enfermeras, psicólogos, abogados, trabajadores sociales, que cuentan  con el apoyo financiera de Cáritas alemana. Leyendo algunos testimonios de quienes trabajan a pie de riesgo, nos dan mucho que pensar: como el del responsable de un centro jesuita en Centroáfrica, que nos habla de la labor global, financiera, informativa, grupos de palabra, acompañamiento, y no sólo de preservativos, en un país donde es frecuente la promiscuidad, o donde, en la misma universidad,  algunos profesores ofrecen buenas notas a cambio de favores sexuales. Por lo demás, como yo mismo pude comprobar a comienzos de los noventa en algunos paises que visité en África, la «moral» concreta y práctica ha sido éste un pequeño campo de batalla entre los más zelantes y los más audaces, o entre los más realistas y los más tradicionales: no hablo de mejores y peores. Pero ya en los primeros años de este siglo, cardenales de prestigio en el mundo entero y conferencias de obispos locales aceptaban el uso del preservativo en las parejas casadas, como una opción responsable, junto con alguna que otra opinión extravagante, como la de aquel cardenal ugandés que justificaba que una mujer no infectada  tuviera vida marital sin preservativo con su marido seropositivo… Dentro de unos pocos años, esa vieja «moral» abstracta, abstraída de la realidad, es decir, de las necesidades y del sufrimiento de la gente, nos parecerá uno de los más aberrantes errores éticos a que nos llevó la rigidez de muerte de una moral poco humana  y de una  gran infidelidad a la caridad y a la com-pasión evangélicas. Y al sentido común.