En el capítulo XII de su carta a los Romanos, el apóstol Pablo aplica a las relaciones comunitarias las consecuencias prácticas de la fe y del amor cristianos. Para él, la fe es la norma de actuación del cristiano en la comunidad: No os estiméis en más de lo que conviene; tened más bien una sobria estima según la medida de la fe que otorgó Dios a cada cual.
Y les recuerda la metáfora del cuerpo humano, uno y con muchos miembros, que desempeñan diferentes funciones. Así los cristianos forman un solo cuerpo en Cristo, siendo todos miembros del mismo, los unos para los otros, con diferentes servicios y responsabilidades: la profecía, el ministerio, el servicio fraterno, la enseñanza, la atención a los débiles, la misericordia a los necesitados…, que se ejercen, no según el propio interés, sino con la disponibilidad que brota de la fe, sabiendo que se está sirviendo a Cristo.
Si la fuerza principal de la vida de Jesús fue el amor, fruto de un compromiso servicial a los hermanos, ejercicio de un bien a los otros, el amor es también la fuerza fundamental del discípulo.
El amor se hace concreto en la vida comunitaria y en las relaciones apostólicas. Y así Pablo presenta las actitudes que juzga necesarias en ese ámbito: la mutua estima en la relación fraterna, el celo sin negligencia, el compartir las alegrías y tristezas de los hermanos, el fervor en el espíritu, la alegría de la esperanza, la perseverancia en la tribulación, la asiduidad en la oración, el ejercicio de la hospitalidad.
Bendiciendo a los que los persiguen, sin maldecirlos. Alegrándose con los que se alegran y llorando con los que lloran. Teniendo un mismo sentir los unos para los otros, sin altivez, sin devolver mal por mal, y procurando el bien ante todos los hombres. No tomando la justicia por cuenta propia y sin dar lugar a la ira. En fin, no dejándose vencer por el mal, antes venciendo al mal con el bien.