La fe, el culto y la fraternidad caracterizaban la vida interna de las comunidades cristianas. La adhesión al mensaje cristiano se expresaba hacia afuera en la profesión de un credo simple, centrado en la muerte y resurrección de Cristo (1 Cor 8, 6; 15, 3-4; Rom 10.9).
El rito fundamental de agregación a la comunidad cristiana era el bautismo. La exigencia cultural continuaba en la celebración semanal de la cena del Señor. El domingo, primer día de la semana (Hch 20, 7; 1 Cor 16, 2), la comunidad se reunía al atardecer en casa de algún cristiano. El momento central de la celebración era el rito de recordar las palabras y el gesto de Jesús en su última cena (anámnesis) y de compartir el pan y el vino eucarísticos (comunión), expresión de la ofrenda de Jesús, de su vida y de su amor.
Los cantos, las plegarias, las predicaciones y las aclamaciones reavivaban las asambleas, caracterizadas por la amplia y activa participación de los creyentes.
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Teatro de la vida
y de la muerte.
Se mueren los actores,
y los supervivientes
viven el espectáculo
del rito permanente.
Serán, cuando ellos mueran,
otros los asistentes.
Nadie puede vivir
su propia muerte.
La muerte de los otros
es su ensayo más fuerte.