«¡Jerusalén, Jerusalén…!»

 

¡Jerusalén, Jerusalén…!

(Mt 23, 37-38; Lc 13, 34-35)

 

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas
y apedreas a los que te son enviados…!
¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos
como una gallina recoge sus pollos bajo las alas
y no has querido…!
Por eso se os va a dejar desierta vuestra casa,
y no me volveréis a ver hasta que digáis
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Amargo lamento de Jesús sobre Jerusalén,
sobre el destino violento de algunos de sus profetas.
Nada mejor, por su parte, que la metáfora excepcional de la gallina
que acoge a sus pollos nidífugos cuando salen del huevo.
 Y junto al lamento, la culpa y el castigo,
estímulo de penitencia y conversión.

Había cantado el salmo ochentaiuno:
Pero mi pueblo no me escuchó.
Israel no me obedeció.
 Los abandoné a su corazón obstinado
para que caminaran según sus caprichos.

Jesús quiere que Israel se arrepienta
también tras la ruina de su templo y de su pueblo.