«El loco de Dios» de Javier Cercas

 

               El novelista aragonés, trasplantado a Barcelona, Javier Cercas, que se autodefine ateo y anticlerical, escribió al papa Francisco el deseo de su religiosísima madre de que le preguntara si podría ver en la otra vida a su difunto marido, como siempre había creído. El Vaticano no sólo le dio la ocasión de preguntárselo al mismo papa acompañándole en un viaje a Mongolia, sino que le propuso escribir un libro sobre toda esa experiencia, dándole libertad absoluta para visitar y preguntar a quien quisiera dentro del Vaticano y fuera de él. De todo ello surgió un libro apasionante, una novela sin ficción, titulada El loco de Dios en el fin del mundo.

Antes de ese viaje a Mongolia, con la comitiva papal, Cercas fue invitado a un coloquio con el cardenal Ravasi, Prefecto de Cultura en la Santa Sede, sobre Religión y Literatura en el Palazzo di Spagna de Roma (Embajada española ante el Vaticano). Cuenta el novelista que durmió mal esa noche en la Embajada, porque, entre otras cosas, no había dicho en el coloquio toda la verdad:

No había dicho que durante mi infancia católica yo no había conocido la angustia, y que la había descubierto en el momento en que perdí a Dios. No había dicho que desde entonces la angustia me acompaña siempre, que tiene la forma de una  bola alojada en la garganta, una esfera como la esfera infinita o espantosa de Pascal, aquella cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna. No había dicho que ese objeto indescifrable, que a veces ocupa tanto espacio como que apenas permite respirar, es el engendro que me impele a escribir, que escribo para destruirlo, para arrancármelo de la garganta y librarme de él, para disolverlo o pulverizarlo con palabras y regresar a la víspera venturosa de la angustia, cosa que solo consigo en  ciertos momentos mágicos, antes de que el engendro regrese, íntimo y puntual. No había dicho  que esa esfera ocupa dentro de mí un espacio tangible y que ese espacio tangible es una ausencia tangible y que esa ausencia tangible es la ausencia de Dios (…).