El siglo XXI nos permite proyectar sobre la humanidad una mirada más amplia y sincrónica. Los medios de comunicación que nos informan de los sucesos en tiempo real; la historiografía que permite trazar mapas de rastreo de las conquistas técnicas, sanitarias, alimentarias… nos hace más conscientes de que no podemos remar ni navegar en solitario. Lo que sucede en una esquina del mundo repercute en el resto. Cuando alguien salva del mal su vida, más a salvo estamos todos. Jon Done, el poeta metafísico inglés, lo dice sabiamente:
Ninguna personas es una isla. La muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad. Por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.
Esperamos para los otros, si esperamos de verdad. Porque, si esperamos solo para nosotros mismos, no esperamos en verdad humanamente. Esperamos también para que otros, que vienen detrás de nosotros, alcancen lo que es posible que nosotros no veamos. Para lo cual es necesario amar a los que vienen detrás. Muy difícil cosa, si no hay un Padre universal y una fraternidad universal, que cantó Friedrich von Schiller en su célebre himno, que hoy es el himno europeo por excelencia.
La esperanza se mueve en actuaciones relacionadas e interdependientes. Nada está a salvo, si una parte está en riesgo. La luz de la esperanza ilumina a todos. Su fortaleza a todos abriga. Su salvación no excluye a nadie.