No es del todo justo el refrán, cuando proclama: Los de abril para mí,/ los de mayo para mi amo, / y los de junio para ninguno. Traído por los romanos a Hispania, el espárrago de Navarra, llamado, hace unos años, el oro blanco de nuestro regadío y de muchos pueblos navarros, llegó a representar entonces más de la mitad del total nacional y la mitad de las rentas aportadas por la hortaliza navarra. Hoy, debido no sólo a las inclemencias climáticas, sino sobre todo a la competencia con los espárragos importados de Perú, China o Taiwan, mucho más baratos, la producción se ha reducido mucho y, aparte las cosechas caseras de pequeños agricultores, sólo unas cuantas zonas producen para fábricas conserveras de marca. Tengo delante de mí la foto de dos paisanos de Mendavia, idos al campo de par de mañana, con la capaceta, la azada y el cuchillo, escrutando las puntas escamosas del turión que marcan en el caballón o que ya están fuera de él, levemente morachas. Seguro que, además de otras muchas maneras, ellos han comido también en el mismo campo los espárragos recién cogidos, asados a la brasa de sarmiento, y acompañados de un suave ájilis mójilis. Los espárragos, símbolo fálico por excelencia, tienen ya entre nosotros su Día de exaltación y su Cofradía ritual. Pero, de manera más llana, todos podemos ser cofrades aprovechados, mientras nos una el gusto por esas tensas yemas de tallo recto y blanco del asparagus officinalis, de la familia de las liliáceas, de hermosa estampa otoñal, que los egipcios ya cultivaban hace más de 6.500 años.