Restaurados, a la riojana, cerca de la calle Laurel, ponemos proa a Olejua, (Olessoa y Olexoa, 1212), que debe tal vez el nombre a un propietario que se llamaba así (Ole, manso, pacífico, en euskara). Cuando llegamos a este pueblo, al sureste de Valdega, en la Merindad de Estella, caen unas gotas, que nos hacen coger los paraguas. Olejua es un municipio pequeño, de 4´41 kilómetros cuadrados de superficie, con un urbanismo holgado en torno a la iglesia parroquial, con algunas calles de casas alineadas, y otras casas exentas, algunas muy recientes. De los 178 habitantes que tuvo a comienzos del siglo XX se han quedado en 49, aunque de ellos solo la mitad vive habitualmente aquí los días laborables de la semana. Al ser la mayoría jubilados, Olejua es uno de esos pueblos en riesgo intenso de despoblación, según una clasificación de última hora. En el mismo rango se hallan otros pueblos de la zona: Mendaza y Sorlada, mientras en la categoría inferior de riesgo extremo caben Etayo y Nazar, y en la superior de riesgo importante, Abaigar, Legaria, Mirafuentes y Oco.
Luis va a pedir la llave de la iglesia a una casa cercana. La iglesia parroquial de Santiago es un gran bloque horizontal de sillería, con contrafuertes prismáticos, construido hacia 1200, y contrastado por una elegante torre neoclásica levantada en 1800. Una puerta, bloqueada a los pies del edificio, pintarrajeada de cal, muestra unos bellos capiteles románicos, del tiempo de la primitiva construcción. Por dentro, tiene una sola nave y dos capillas laterales del XVI. Cuando mi amigo va a la sacristía a encender las luces, confunde algún botón o tecla en el cuadro de ls mismas y comienzan a sonar las campanas. Temo que sea el toque de fuego y vengan los paisanos a ver qué pasa, pero las campanas callan pronto y la feligresía habrá pensado que se trata de un error. Admiramos en el altar mayor un bello retablo romanista polícromo, en torno al patrono Santiago, del escultor González de San Pedro, discípulo de Arrieta, con robustas figuras miguelangelescas, a veces un tanto rudas, como la figura central del apóstol, de estilo protogótico. En el ábside románico semicircular, ocultado en su mayor parte por el retablo, quedan restos de pinturas murales geométricas de tonos grises y rojizos, del siglo XIII. Ruda es la talla de la Virgen del Rosario en el altar lateral barroco que lleva su nombre, donde se exhibe también la joyita del templo, una pequeña Santa Lucía gótica, del XV, que seguramente procede de la ermita local de la santa, ya desaparecida. Vivo y expresivo es un Crucificado del XVII, a los pies de la nave. Y curioso, y bien mantenido, el púlpito barroco, de hierro forjado.
Devuelta la llave, y como ya no llueve, recorremos despaciosamente el pueblo. Detrás de la iglesia, dos escudos de los siglos XVIII y XIX -uno de ellos, de los Chávarri- llevan vanas armas de llaves, aves, aspas, bandas, flores de lis, un león rampante, cabezas de dragón, guirnaldas… Cerca, el olejuano Miguel, hombre al parecer de buen gusto, levantó una casa exenta, y de lo que era una pajera y una cuadra hizo un jardín de delicias con árboles, plantas y flores y un camino para contemplarlo.
Pasamos por las antiguas eras comunales, de las que algunos vecinos se apropiaron y otros se enteraron demasiado tarde, y llegamos a una especie de balcón natural sobre el Valle del Ega, sobre los términos cerealísticos de Ollandi y Llano del Nogal. El cereal es el cultivo preferente de todo el Valle; el viñedo,l las esparragueras y el olivar son residuales. En Olejua queda una granja de ganado ovino, y su exportgción llega hasta Italia.
Situados en Olejua, el sotomonte occidental de Monjardín, tenemos en frente, hoy entre brumas, el murallón arrogante de Lokitz, con el Raso de Viloria en medio del macizo. Ancín, Mendilibarri, el industrioso Murieta y Legaria se alinean a los dos flancos del río Ega, que drena, riega y denomina el valle y el Valle. Más cerca tenemos a Oco, no lejos de la ermita de San Bartolomé, ermita comarcal, centro de Valdega. Otro día, iremos a ver el castro celtíbero del Pozo de la Mora, entre Oco y Legaria. Mirando hacia poniente, vemos, de cerca a lejos, Etayo, el señorío de Leurza y Sorlada, apoyados en la cadena montañosa, que continúa el macizo de Monjardín hasta casi tocar la Sierra de Cábrega. Volviendo la vista atrás, vislumbramos en las faldas del macizo, bajo los restos del castillo de Deyo, el Camino de Santiago, menor o alternativo, que atraviesa el sendero de las Brujas, para pasar por Olejua y esos tres lugares, y volver desde allí al Camino francés de Los Arcos.
Al otro lado, separados por las Dos Hermanas -isla montana en el verde mar de los Valles de La Berrueza y del Ega-, se arraciman Piedramillera y Mendaza. Y, al fondo, bajo la Sierra de Codés, donde cuelga Nazar, lindando con la de Cábrega, el circo donde se acomodan Otiñano, Mirafuentes y Ubago, unos puntitos blancos desde aquí: ese ubérrimo rincón cerealístico de La Berrueza en los primeros y luminosos meses primaverales.
El cercano cementerio de Olejua se renovó en 2010 y está limpio y vistoso, aunque sin apenas cipreses. Saliendo por la carretera vieja, donde hay algunas casas, nos acercamos a la de Luis, en las afueras del pueblo, entre la carretera vieja y la nueva. Está rodeada de árboles y de rosales y de un campo de trigo ya granado. Se abre los fines de semana.
Volvemos al coche, aparcado debajo de la casa consistorial, reciente y un tanto pretenciosa, fuera de contexto, pero ahí está.