El mundo clásico concebía el tiempo como un círculo perfecto, cerrado, ocluso. Vivía en el eterno retorno. El carpe diem era el culto del aquí y del ahora antes de que se cerrase y concluyese, volviendo sobre sí mismo.
El cristianismo rompió ese círculo, lo desbarató y abrió la brecha del futuro, hasta entonces sospechoso, y no el futuro como extensión del presente, sino como el nacimiento de lo que aún no existe, del futuro auténtico: de lo que será y no es ni ha sido. Fijando claramente una dirección.
La modernidad ha reducido el tiempo lineal a un recurso que hay que exprimir y monetizar. La memoria es una carga y la espera un desperdicio. Nos fascina la velocidad de las transformaciones y la inmediatez de las mismas, pero no nos preocupa la dirección. El movimiento se basta a sí mismo.