(Mc 9, 38-40; Mat 12, 30; Lc 9, 50; 11, 23)
La reunión del Pueblo de Dios disperso
era un lema básico de Israel desde el exilio.
Reunir a Israel era igual que liberarlo,
que salvarlo, sanarlo o redimirlo.
Era comparable a la épica salida de Egipto.
Dice el Primer Isaías en uno de sus oráculos:
–Oráculo de Dios el Señor,
que reúne a los dispersos de Israel…
Misión reservada siempre a Dios.
Jesús se la apropia a sí mismo:
trae a Israel a casa; lo salva y lo redime:
El que no está conmigo está contra mí
y el que no recoge conmigo desparrama.
Así emplaza el Maestro a sus oyentes,
a seguirle o dejarle, sin titubeos.
Es cierto que, páginas atrás,
siguiendo esta vez también a Marcos,
cuenta Lucas que Juan dijo un día a Jesús
que habían visto a uno que expulsaba demonios en su nombre
y trataron de impedirlo,
pues no venía con ellos;
y que él les reprochó su intransigencia,
porque
el que no está contra nosotros, con nosotros está.
Pero esto era solamente, en asunto menor,
una lección de tolerancia a sus discípulos.