Después de aquellos años fundacionales y creativos de Río Arga, en los que, además de sacar a luz la revista, recorríamos Navarra, fundábamos editoriales, organizábamos premios, conferencias, celebraciones de poetas de allí y aquí -contando con la ayuda del Ateneo o de los ayuntamientos, o de quien fuese- o plantábamos recitales por la cara en un café concurrido, a las cuatro de la tarde…, no creo que haya habido nadie como Isabel Blanco Ollero que haya animado tanto la poesía, a los poetas y a los lectores navarros, desde la radio, desde otros medios de comunicación, desde el Ateneo, desde organismos culturales privados… Además de escribir abundantemente, claro. El otro día me trajo su último libro, luminoso, femenino, cercano, doloridamente amoroso, como todos los suyos, titulado La permanente costumbre del adiós. Elijo uno de los poemas, ni mejor ni peor que los demás:
Yo era una ciudad libre
un espacio de sol debajo de la hierba
una expansión de goces
ocultos en mi oscura luna
Yo era la sonrisa del fuego
en los glaciares
alcancé el límite de tu piel
y navegué más a fondo
era luz en las negritudes del alma
Ahora soy viento de piedra
inmóvil
en el claustro de las estridencias.
