El castro San Cristóbal de Subiza

 

                                  El mes de marzo se ha estrenado con nieve en las cimas pirenaicas y prepirenaicas y hasta aquí se nos descuelga un cierzo frío, con sabor de nieve.

De Pamplona a Subiza, rodeando la sierra de Perdón por el nordeste, vamos entre sernas verdes, muy crecidos los herbales por las incesantes lluvias, entre árboles desnudos, que muestran aquí y allí sus vergonzantes troncos oxidados, en contraste con las flores níveas de los espinos. Subiza, concejo de casi 200 habitantes, nos pone, a la entrada de la población, como carta de presentación su palacio cabo de armería, en estilo baztanés del XVIII. Atravesamos sus calles con casonas antiguas y modernas, pasamos por delante del nuevo depósito de aguas y de la clásica caseta, que recogió el manantial que, desde 1790, y tras siete años de obras de trabajos, canales y acueductos, surtió de agua a Pamplona. tras una obra magna hidráulica, propia de romanos:  las famosas Aguas de Subiza. Un poco más adelante, dejamos el coche junto a unos grandes almacenes agrícolas, y ya estamos frente al flanco norte del  castro, con una altura superior de  475 metros,  donde una  destartalada cerca de tablas, cuerdas y alambres nos impide el paso.

Con un pequeño rodeo, y siguiendo las huellas de los tractores, subimos a la cima del macizo que forma el espolón rocoso, con una superficie llana de 13.700 metros cuadrados, ocupados mayormente por un campo de cereal. La parte más septentrional del espacio, la parte del poblado más accesible, está defendida por un terraplén artificial, que seguramente estaba amurallado. Debajo del mismo se  extiende la misma finca, de unos 400 metros cuadrados, que debió de ser el espacio económico-ganadero del poblado. Por la orilla superior del ribazo, coronado de endrinos (arañones) y de mostazas indias, para no pisar los herbales, recorremos todo el este y el sur del castro, estudiado por Armando Llanos  en 1995 y por Amparo Castiella en 1999.

Escribe Armendáriz, que lo estudió después, que en su recinto se encontraron unas pocas cerámicas y fragmentos de molinos de mano, desde el Hierro Antiguo, y algunos restos del poblamiento durante la época romana, la Edad Media y Edad Moderna. Aquí el destino de sus habitantes no ofrece la menor duda: se fueron muy cerca; debajo del flanco occidental del castro, en las estribaciones de la sierra que después se llamó del Perdón, y entre dos extremos, que se  llamaron Esquives y Francoa, donde tenían agua por todas partes y abrigo al cierzo, que, si era como el de hoy, no les dejaría casi andar. Nosotros apenas podemos avanzar hasta llegar al resguardo de la ermita de San Cristóbal, cerrada con puerta de hierro, donde contemplamos toda la geografía sur de la Navarra media: muy cerca, la sierra de Alaiz, el Valle de Elorz y la Valdorba. Al norte, el chafarrinón de Pamplona y sus apéndices industriales, y los molinos más orientales, hoy muy  aspaventadores, de la sierra de marras.

Desde aquí podríamos contemplar, si el cierzo nos dejara, la estampa completa de Subiza: el palacio que casi se da la espalda con la alta y hermosa iglesia gótica tardía, el caserío arremolinado y el barranco, por donde corrían libremente las aguas, antes de que las apreciaran tanto, que las llevasen a nutrir la capital. Años adelante, en 1934, ya suprimido hacía tiempo su primer destino, las llevaron, por una nueva conducción, para atender las necesidades del hospital de Barañain-Pamplona. Todavía aquella meritoria infraestructura sirve parcialmente a día de hoy para el suministro de varios pueblos aledaños.

Volviendo a donde partimos, recorremos luego la rampa inferior-una de las mejores que conocemos- que subía desde el barranco hasta la entrada, en el vértice septentrional, del poblado. Aquí vemos las primeras flores amarillas de las achicorias. Brillan al sol bien los espolones rocosos, que hacen del castro prerromano de Subiza uno de los más visibles y  mejor acomodados a las defensivas estructuras naturales del terreno.