El día lluvioso de este marzo marceoso nos deja un hueco libre a media tarde, y nos vamos hasta Esparza de Galar, continuando la tarea que nos propusimos tras ver, anteayer, el castro de Santa Lucía.
Dejamos el coche en la calle de Las Eras, un largo corredor, con una zona ajardinada, donde abundan las caléndulas, que separa la nueva Esparza de las villas o chalés en la cima de una mesetilla, alta de 548 metros, de la Esparza llana antigua, al sur de la misma. Subimos por una senda entre acacias que llega hasta la iglesia, Seguramente en la Edad del Hierro el escarpe o declive era mayor y servía también de defensa natural del poblado. Justo a un lado han levantado recientemente un chalé solitario. A la iglesia, del siglo XVI, con restos románicos, plantada en el extremo oriental del espolón, se le adosó una casa parroquial con arcadas y balcones, que la desfigura y oculta. Seguramente fue el templo del poblado medieval, que fue bajando después a la zona llana, como tantos pueblos de Navarra.
El castro, de nombre El Murallón –nombre de una calle cercana-, de unos 6.500 metros cuadrados, según Armendáriz que lo descubrió y estudió, arraigó sobre el espolón de cerro testigo, donde termina la mesetilla, bien defendida por escarpes por todas partes menos por el flanco occidental, donde nuestro arqueólogo encontró el foso, con evidencias de incendio, ya casi colmatado por la reurbanización. No ha quedado en todo el perímetro resto alguno de fortificación. El agua la tenían a menos de 200 metros en el regato Errekazar (regata vieja), que tiene dedicada una calle. A solo dos kilómetros o poco más se hallaban los castros de Santixusti, Allomendi, Gaztelu, Irulegi, Puno, San Cristóbal y Santa Lucía, ya visitados.
Desde la atalaya norte de Esparza, poblada en su ladera por unos pinos carrascos viejos y ralos, los campos primaverales, tras las muchas lluvias de enero y de marzo, son una extensa playa verde que llega, todavía sin oleaje, hasta las mismas costas de Pamplona o a las de los polígonos industriales del sur. Por el lado del escarpe y del ribazo que sostiene las primeras villas de la parte alta nos acompañan en nuestro paseo hasta el cementerio: zarzales, espinos, agavanzos, endrinos, majuelos, viburnos o durillos, cornejos, saúcos, cardos silvestres, mostazas negras, dientes de león, lirios morados…
Atravesamos luego la hilera de villas altas por un pasadizo y bajamos hasta la calle de Las Eras. A las primeras se añadieron en las últimas décadas tres hiladas de villas que ocupan el declive meridional. Desde los años ochenta el concejo de Esparza, perteneciente al ayuntamiento de Galar, ha doblado su número de habitantes llegando a la cifra de finales del siglo XVIII: 325 habitantes.
Pegamos la hebra con un paisano, que en tiempos fue pastor de rebaño propio, quien nos confirma que el pueblo ha crecido mucho, que vive del trabajo en fábricas cercanas, que los dueños de las villas nuevas son casi todos de fuera, que hay muy pocos que se dedican al campo, y que el pueblo está cada vez más bonito.
Unas nubes bajas han puesto una cofia blanca a la sierra del Perdón, que tenemos delante, y a la sierra de Alaiz, su vecina, que es más larga, una toca monjil con alas, que cubren bien las estribaciones montanas.