Todas las intervenciones de Benedicto XVI suelen ser precisas, hondas y bellas. Las tres que le he oído hoy así lo han sido. Pero sobre todo la homilía de la misa en la plaza del Obradoiro ha sido particularmente hermosa, teológicamente hermosa. Además de volver sobre el sentido espiritual de toda peregrinación, ya sugerido en las dos alocuciones anteriores, la aportación de la Iglesia a Europa ha sido el motivo central, siguiendo los célebres discursos de Juan Pablo II en Santiago, los años 1982 y 1989, y sus conferencias en París y Londres. Dios no es el antagonista del hombre. Y con esta proclamación, el teólogo Ratzinger, que leyó en alemán a Kant, Hegel, Feuerbach y Marx, está negando la clave principal del ateísmo moderno y posmoderno. Al contrario, Dios es la realidad primera y esencial de la vida humana. La cruz (¡atención a la anunciada retirada de crucifijos!), signo máximo de nuestra cultura, es cruz y amor, cruz y luz. Todo un canto a la cruz: Oh, cruz bendita / brilla siempre en tierras de Europa. Y otro canto a la gloria del hombre (recuerdo del famoso lema de san Irineo). Y dentro de esa gloria, a la Europa de nuestros amores, abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes.
