Una de esas cartas de superiores y compañeros que conservo de ese tiempo de desolación, es nada menos que la de Javier Osés, el futuro obispo de Huesca (1969-2001), que había sido prefecto nuestro en los años de Filosofía en el Seminario de Pamplona, y a quien tanto quisimos. Me escribe, con pluma estilográfica, a Mañeru, el 19 de septiembre de 1957:
–Muy querido Manolo: Me impresionó tu carta. No sabía nada, ni sospechaba. Y aunque no dudo de que los superiores de Comillas habrán obrado en conciencia, también estoy seguro de que de tu parte no ha podido haber un motivo que justifique esta actuación terminante. Esto te lo digo porque te conozco un poco y sé hasta dónde llegan tus excesos y tus generosidades. Realmente estoy sorprendido, y además, me hago cargo de la tragedia que esta decisión ha producido en tu alma. Como sacerdote, y porque te quiero, te voy a pedir un consejo, que es un heroísmo. Arranca y vence, aunque se rebele como un otro desbocado, tu odio hacia los que piadosamente pensando creemos que se han equivocado. Piensa que no están cerradas para ti definitivamente las puertas del sacerdocio, que acaso te encuentres en el momento cumbre de tu purificación. Abraza la cruz, que es muy grande. Humíllate. Pongamos todos los medios humanos para arreglar las cosas, pero confía más que nunca en Dios, que es Luz. Siento que no hubiéramos estado. Te encomiendo de modo especialísimo. ¡Ánimo, Dios contigo! Te abraza y bendice Javier Osés.