Es el caso que un día de julio de 1957. terminado en Comillas (Santander) el segundo curso de teología, recibí en mi casa de Mañeru una carta del rector de la universidad, a quien apenas conocíamos de vista, en la que me pedía que no volviera por allá y que buscara otro centro académico para continuar mis estudios. Como no me daba razón alguna para tal despropósito, le contesté de inmediato, escribí a otros profesores y revolví Roma con Santiago para que aquella injusta medida no se llevara a cabo. Yo estaba muy contento en Comillas, tenía muy buenas notas, me entendía muy bien con mis compañeros y con todo el mundo.
En ese momento conté con el apoyo unánime de mis amigos y compañeros. Guardo algunas cartas de ellas, entre las que está la de Alejandro Apesteguía Larráyoz, pemplonés de San Lorenzo, uno de los más listos del curso, amigo en el Seminario de Pamplona y más todavía en Comillas. Me escribe desde San Lorenzo de El Escorial, donde está con otros compañeros comilleses en un campamento de verano, algunos de los cuales me consolaron en cuanto les di la amarga noticia:
–Te dejé completamente centrado, pues desde el primer momento reaccionaste como un valiente, con amargura, pero sereno y firme, decidido a aprovecharte de la dolorosa situación que Xto nos hacía pasar. No sé, amigo querido, en qué situación estarás ahora, créeme que he rogado por ti, menos de lo que hubiera podido de haberme hallado en días normales, pues la vida de campamento tiene sus exigencias. Ya sé que es más fácil dolerse con el amigo apenado que participar de su alegría, quizás en ésto tenga que arrepentirme de muchas cosas respecto a ti, pero te aseguro que con la ayuda del Señor procuraré ser tu fiel camarada; nos hemos empezado a unir en el dolor, pero te llegarán días de triunfo y alegría, y entonces más que nunca quisiera brindarte mi alegría y aplauso.
Rogaré por ti y te prometo hacerlo con toda intensidad para que se haga la voluntad del Señor; no puedo hacer otra cosa, además de entregarte mi cariño y amistad; es un pequeño consuelo «humano» y minúsculo al lado de la oración, pero ¿verdad Manolo que a veces también ansiamos el corazón hermano en ideales y ansiedad, que sea un poco apoyo y una descanso?
Y esperando que todo se arregle y recordándome que el yugo del Señor es suave y su carga ligera, termina su espiritual consolatio:
-Si no vuelves con nosotros, queda seguro que la oración será vínculo constante, y en Comillas puedes echar mano de amigos que te querrán y recordarán siempre. Querido amigo, hasta pronto, haré lo posible por verte. Alejandro (rubricado).
El caso terminó bien. Además de mi insistencia, fueron tantos los profesores, otros jesuitas, y muchos compañeros que escribieron al rector en mi favor, que quien me había pedido que me llevara el colchón para casa -el que todos habíamos llevado cuando fuimos la vez primera- volvió a escribirme para que volviera al tercer curso de teología. Mi madre no se enteró de nada. Terminado ese curso, volé a Roma.
PD, El 1 de octubre de ese mismo año, me escribe Alejandro ya desde Pamplona a Mañeru y me cuenta que acaba a despedir al P. Silva (el comillés Jesús Silva Méndez), el fundador del circo La Ciudad de los Muchachos, a quien acaba de ayudar a misa en uno de los barracones del circo –y de asistentes los ángeles -, a las tres de la madrugada. Me cuenta con emoción la visita, a la que le acompañó, el día anterior, a Villa Teresita, donde pasaron horas y donde celebró la misa: Decían aquellas pobres mujeres que era el primer sacerdote que las había comprendido (…) ya te contaré su tragedia… algo espantoso, no te puedes imaginar lo cruel que es el mundo…
Me dice luego que ha estado en la RENFE preguntando por el precio del transporte para volver a Comillas, sobre el que yo le había preguntado. Me añade, con retranca, que esa mañana habían salido para aquella universidad los «nuevos» del próximo curso, a quienes les había dado saludos efusivos para el P. Ismael -el prefecto de disciplina, uno de los supuestos malos en mi caso- y que ardemos en deseos de encontrarnos bajo su paternal mirada.