La novela pastoril helénica, de Longo, traducida en su día por nuestro Juan Valera, ha vuelto a las pantallas. El amor puro de aquello pastores inocentes de Lesbos, que lo ignoraban todo, se ha convertido en un reclamo erótico de alto voltaje lésbico, según proclama la propaganda cinematográfica mundial. Lo raro es que la cinta del egipcio / armenio /canadiense Atom Egoya, a quien conocimos en Ararat o en Viaje de Felicia, haya intentado superar, a las buenas, otra reciente versión, Nathalie X (2003), de Anne Fontaine, que aparece como co-guionista de la nueva película. Los que vieron ésta última, subrayan las diferencias entre el intimismo y la serenidad de la producción francesa frente a las características muy diferentes de la producción canadiense / norteamericana. No sé si Emmanuelle Béart superaba en belleza y atracción erótica a Amanda Seyfried -a quien muchos recordarán por El cuerpo de Jennifer– en el papel de tentadora de Chloe, y mal hubiera tenido que hacerlo Depardieu para no brillar un poco más que Liam Neeson, pero la estupenda actriz y mujer madura que es Julianne Moore encarna una protagonista convincente y excelente, que crea la tensión y el tono adecuados durante casi todo el desarrollo del drama, antes de que los efectos especiales y el efectismo muy norteamericano degraden el intento. Chloe, que así se llama la película actual, es una muestra más del feminismo imperante y de la revolución de la mujer en el mundo cultural público de nuestro tiempo. Lo que en la novela pastoril helénica era propio y sólo pensable del varón, y lo ha sido durante muchos siglos: la aventura exterior y paralela -en este caso, como ensayo para el mejor amor conyugal-, aqui es obra e iniciativa de la mujer, anque dentro ya del conyugio. Y, además, ¡como atracción suprema de aficionados y principal gloria artística y erótica!
