Crea en mí, oh Dios, un corazón puro,
renueva en mí interior un espíritu firme;
no me rechaces lejos de tu rostro,
no retires de mí tu santo espíritu.
(Sal 51, 12-13; Sb 9, 9, 17; Rom 8,14)
Tú solo puedes crear:
dejar que la materia se mezcle y se separe,
se funda y se trasfunda,
y lentamente se recree
hasta lograr lo que ahora llamamos
una bella Creación.
Tú solo puedes crear,
hacer justa un alma pervertida,
uniendo tu espíritu al espíritu humano,
haciendo de tu hijo adoptivo
una nueva creación incomparable.
¿Quién puede conocer tu voluntad,
si Tú no envias tu santo espíritu?
Si Tú no quieres que te pida un pan
y me des una piedra,
no querrás tampoco que sostenga
un corazón de piedra, empedernido,
sino un corazón de carne
maleable al amor y sus encantos.
Sí me rechazas lejos de tu vista,
seré peor que polvo:
rechazo sustancial,
negación absoluta.
Tú solo puedes crear
y convertir el corazón del hombre.