Son muchos siempre los muertos,
pero cada vez menos los difuntos.
Sobran nichos. Sobra tierra.
Sobran las viejas y sacras metáforas.
Cuidan los vivos las tumbas, los carnarios,
los bellos panteones,
cual si fueran su jardín.
Están así más cerca los ausentes.
Las flores suplen a menudo la oración.
¿A quién orar, si nadie puede detener la muerte?
Podemos imaginar cualquier locura,
cualquier proyecto, el más inverosímil,
pero ya no sabemos
imaginar el cielo.
Visitamos menos los viejos camposantos:
en un mundo «feliz» o sin sentido
lo que sobra es la muerte.
Si el fuego que limpia y purifica
impide que los cuerpos se corrompan,
no podemos impedir
que acaben destruyéndonos la vida.
Inicuo sigue siendo el reino de la muerte,
natural pero injusta:
porque trunca las vidas más plenas
y deja sin remedio las vidas fracasadas.
Por eso clama a Dios este bosque de cruces:
gritan resurrrección todas a una.
Los griegos lo llamaron dormitorio,
esperando despertar.