Archivo de la categoría: Sin categoría

El papa Francisco reflexiona ante el presidente Sánchez

 

             En verdad que me ha costado hacerme con el texto completo, que tanto dio que hablar, de la singular alocución del papa Francisco a la Delegación española, presidida por el presidente Pedro Sánchez, que le visitó en el Vaticano. Coinciden los vaticanistas o vaticanólogos en que aquello no tuvo nada de improvisado. Alguien muy enterado, y además muy sutil, debió de advertir al papa a tiempo, para que aquella visita no fuera una más: paseillo por las sublimes estancias vaticanas-coloquio secreto-regalos mutuos-foto de sonrisas. Alguien debió de prevenir a Francisco, que tampoco es ciego ni sordo, acerca de un país, llamado España, dividido más que nunca, fracturado incluso, dirigido por un Gobierno, de tradición anticlerical, que prescinde fácilmente de la Iglesia, cuando no le conviene cargar contra ella; que presume de dialogante y que dialoga solo con quien le interesa, y que ni se atreve a pronunciar, salvo excepciones, las palabras nación y patria; que habla solo de Estado, confundiéndolo con país. 

Y para hacer  pensar en todo esto, sin apuntar por supuesto a nadie, en un monólogo amable y paternal, sin homilía ni sermón, sin catequesis y menos apóstrofos retóricos, en solo nueve minutos habló el papa, sin un papel en la mano, más y mejor que un profesor de derecho constitucional; más y mejor que un buen lector humanista; más y mejor que un lejano amigo de España, que quisiera lo mejor para ella y para todos los países del mundo: La política, como una alta forma de caridad: Con la misión de hacer progresar el país, consolidar la nación y hacer crecer la patria. Y esto dicho, de una manera u otra, hasta tres o cuatro veces. Un lenguaje habitual para un argentino y para cualquier ciudadano de cualquier país del mundo. Menos para un progresista español. ¡Y los siete españoles, que estaban allí y le escuchaban, lo eran!

Difícil tarea en verdad la de ese hipotético político: Construir la patria con todos. Eso no es fácil. Construir la patria donde no nos es permitido el borrón y cuenta nueva. ¿Le habrían dicho al papa quizás que un politico, devoto suyo en varias ocasiones solemnes, que es el único que habla a veces en España de patria (como Estado plurinacional) y habla tambén del borrón y cuenta nueva? Y prosigue el pontífice: En una empresa es permitido, en la patria no, porque es algo que hemos recibido. Y tampoco nos es permitido irnos a refugiarnos allá en lo que fue hace cincuenta, cien años. Seguramente que el papa, como buen argentino, sabe también que en nuestro país a un populismo del borrón y cuenta nueva se le opone otro nostálgico de hace medio siglo.

Para el papa -¡y dale que te pego!-, lo más difícil del político es hacer crecer la patria (la nación querida y amada, pueblo consciente y unido, con proyecto de futuro), no solo el país, no solo el Estado, su organización jurídico-política, que parece ser la única aspiración de casi todos los políticos españoles. Y ahí vienen las ideologías, que sectarizan, que deconstruyen la patria. Y para eso nada mejor que citar el libro de un comunista italiano sobre el nacional-socialismo alemán: ¡máxima autoridad sobre un campo indiscutible! En fin, la política no como maniobra sino como servicio en las tres vertientes; país, nación, patria. Y una última evocación de un popular compositor bonaerense de tangos y milongas: ¡Se nos murió la patria! ¿Otra vez?

¿Quién podría pensar que el papa Francisco, siempre distante cuando le invitan a venir a España -«¡Que se arreglen primero entre ellos!»- se refiriera en esa visita, delante del presidente del Gobierno español, precisamente a España?

Del castro de Leguin al de Santa Águeda (y II)

 

      Almorzamos junto a los cerezos otoñeados, en la finca más cercana al Arga, casi al final de la calle del Soto, frente por frente a la entrada del castro, que desde aqui se divisa imbatible. Poco antes de salir vemos al rapiño (cernícalo vulgar), marrón-bermejo, alzarse en el aire, batir las alas, bajar unos cuantos metros, batir de nuevo las alas y lanzarse en picado sobre su presa entre un campo recién sembrado y otro ya verdecido de herbales. Exitosa ha debido de ser su aventura, porque, después de un buen rato, no levanta el vuelo horizontal hasta que nosotro pasamos cerca con el coche.

Volvemos por Etxauri, casi desierto, atravesando las Tierras de los Cerezos, camino de Arraiza, lugar situado al pie septentrional del monte Villanueva y partido en dos por la carretera. Por el camino del cementerio, que simboliza un solo ciprés, y solo un poco más adelante, subimos a un altozano, que tiene toda la pinta de un castro protohistórico. En el extremo oriental del mismo hay una fea casa modesta, hecha de bloques prefabricados, rodeada en la parte sur de árboles frutales ahogados  por la maleza, y en  el occidental una antena repetidora. El cerro, de forma ovalada, de casi media hectárea de extensión, tiene 105 metro en el eje máximo por algo más de 40 en su eje corto.

Encontraron el supuesto castro de Santa Águeda tres montañeros el año 2016. Dicen que hubo antes aqui una ermita dedicada a la santa del topónimo, aunque no la he visto, ni siquiera como recuerdo, en el utilísimo libro sobre ermitas de Fernando Pérez Ollo. No hallamos rastro alguno protohistórico entre el herbazal de la superficie amesetada del cerro. Solo, al volver, un par de metros de posibe muralla encima de la pista de acceso, y un derrumbe posible  de la misma en la parte oriental del posibe castro, este mucho más visible.

Desde el cerro podemos ver hacia fuera lo que no vemos hacia dentro. Una fina niebla, que se aprieta en las alturas del Villanueva y de la Sierra del Perdón, que tenemos a nuestra espalda, nos nubla hoy la visión de la Cuenca de Pamplona, no sin dejarnos ver, en primer lugar el castro Matxamendi, del próximo lugar de Ubani. Y más a nuestra derecha, la parte alta del pueblo, con varias viviendas nuevas, en una calle que se llama Virgen de Arrigorria, no lejos de la ermita del mismo nombre, junto a un rodal de cedros, en medio de un bosque de pinos. Desde allí recorrí, un día de mayo, la romería que, pasando por Arraiza y Zabalza, llegaba hasta la ermita del palacio de Otazu.

Más claro está el otro flanco, cerrado por la cordillera peñosa de Etxauri, que acoge, entre la montaña y el río, los arremolinados pueblos, que han crecido mucho, de Bidaurreta, Echarri -partido en dos por la carretera-, y Etxauri, con el próximo castro que hemos recorrido esta mañana. Más holgado se derrama por la  suave pendiente el lugar de Ciriza, con nombre de cereza. Cerezales, con mejor o peor tono otoñal, cubren buena parte de las tierras altas de los cuatro pueblos, mientras se dejan para el cereal y las plantaciones de chopos las ricas tierras aluviales, donde se pasea, tranquilo y señorial, el río Arga, entre altaneras alamedas, en uno de sus recorridos más reposados y placenteros. Un blanco conjunto de edificios blancos, cerca del río, en términos de Ciriza, lleva por nombre Vida Nueva, centro cristiano de acogida y reinserción social, bajo el lema, como podemos ver a nuestra vuelta, Porque nada hay imposible para Dios.

Allí lejos, Olza, poblado del sigolo XXI, colgado de un montecillo.

 

Del castro de Leguin al de Santa Águeda (I)

 

       Nos detenemos un rato debajo del Alto de las Tres Cruces para ver el lugar de la memoria en torno a un monolito que recuerda a los fusilados en 1936 en estos parajes cercanos. Algunos nombres conocidos. Pero que fuera el fasciomo quien cometió esos crímenes es tan impreciso e incorrecto como decir que todos los fusilados fueran estalinistas. Seguimos hacia Leguin. Lo vimos hace muchos años, porque da a la vista. Encontramos allí a un chaval con un detector de metales; quizás a estas alturas sea ya un arqueólogo notable. Estudiaron el yacimiento en 1943 Taracena y Vázquez de Paga, y, años, después, Amparo Castiella. Aquellas excavaciones sacaron a la luz, casualmente, además de restos de inhumaciones, instrumentos agrícolas, como azadas, escardilos, hoces, frenos de caballo…; y de caza, defensa y uso doméstico, como espadas, puntas de lanza, punta de flecha, jabalinas, regatones, cuchillo y hacha…

Es  día de noviembre con nieblas altas y espesas, bien visibles en las peñas de Etxauri o sierra de Sarbil. Atravesamos desde la carretera una pieza de cereal recién sembrado y algo húmedo por las lluvias recientes. Nos sobrevuelan un par de buitres. El tractor, como todos los tractores, va conquistando cada año unos centímetros más de tierra al islote rocoso, que en forma  de farallón se yergue al norte del valle de Etxauri, frente al río Arga. Subimos a él bajo un rodal aislado de pinos.

Uno de los buitres pasa junto a nosotros y parece quedarse en la parte sur del castro. Lo primero que vemos en el flanco suroccidental es la pared rocosa como cortada a pico, que continúa por el sur, abriendo un enorme foso natural, que llenan en parte. todavía en la pendiente, una masa de pinos de repoblación. Bello espectáculo de todo el valle aluvial, recortado por los cortados -tal vez los más extensos de Navarra- que ha ido haciendo, en un extenso arco, el río Arga, en el que acaba de desembocar el Arakil, bajo el Mirador de la Peña, paraje idílico, regocijado por los sotos, que aún sostienen en los chopos más bajos las últimas hojas encendidas, titilantes. Por el valle se suceden los sembrados rojizos, ocres, ocriverdes o verdes, según el calendario de la siembra. Y palidecen ya los campos de cerezos, menos el más cercano al río, que aún mantiene el fulgor entre anaranjado y grana blando. Más cerca de nosostros, un gran finca entre pinos y cipreses, y la central eléctrica. Y, tras un tramo de pequeñas huertas, la parte antigua de Etxauri, ajardinada y señorial. Otro buitre, si no es el mismo, sale de la parte sur del roquedo.

Andando andando contra las hierbas altas y la maleza de monte bajo, donde domina el escaramujo, vemos restos de las plantas de algunas viviendas celtibéricas talladas en la roca. Iremos luego por el camino, al sur del farallón, desde donde mejor ser ve la estructura del castro, pero sólo en las fotos de Asunción podremos distinguir los restos de la muralla de piedra, que reforzaba la protección natural cerrando los huecos que dejaba la muralla rupestre. Ya en la parte más alta y oriental del promontorio, vemos algunos agujeros circulares abiertos en la roca, que seguramente soportaban las estructuras de madera de las habitaciones de los pobladores prerromanos o tal vez de puertas o defensas del poblado. La entrada al mismo entre dos grandes rocas y la rampa de subida  es lo más visible del conjunto. Tras una de las rocas de entrada hay una destartalada cabaña de cazadores. Debajo está la famosa cueva de Leguin, donde Carlos Benito encontró una laja de piedra caliza con arte rupestre esquemática, conservada en el Museo de Navarra, tal vez procedente del Neolítico. De color rojo y negro, la laja tiene 23 motivos, entre ellos, zoomorfos (cuadrúpedo y ave), petroglifos y otros  A uno le gustaría bajar a la cueva, con varias bocas de entrada, pero el miedo  mítico de algunas personas a las espeluncas y, a la par, esta vez, a los buitres,  no le dejan a uno cumplir su deseo.

Ahí abajo está Ibero, que algo dice de sus posibles y primeros pobladores. Casi una isla entre el río Arga y su  afluente el Arakil. Pueblo fluvial y termal donde los haya.

 

Los católicos franceses y el terrorismo yihadista

 

     Los católicos franceses saben bien que Francia, la expotencia colonial, que tiene todavía grandes intereses, buenas relaciones y comandos de tropas selectas en varios Países africanos, lleva años comprometida en la lucha global contra el terrorismo yihadista en África, y que, como respuesta, Al Queda y el Daesh tienen que demostrar que todavía pueden hacer mucho daño al opresor. La nueva edición de las caricaturas de Mahoma -cosa que repruebo y que me parece más grave que un mero alarde  de libertad de expresión- ha venido a dar nuevo pretexto al fanatismo musulmán. Para el cual la Prensa -matanzas del año pasado-, la Escuela -el maesto degollado en París-  y la Iglesia -matanza en en la basílica de Niza- son tres objetivos simbólicos de la Francia enemiga y, en general, del Occidente enemigo.

Dicen que se trata esta vez de un yihadismo del pobre: ataques poco organizados, de activistas de bajo coturno, armados con cuchillos de cocina. Pero igualmente violentos y peligrosos. Sin embargo, antes y ahora la Comunidad musulmana en Francia tiene que hacer frente a tamaño desafío y trasmitir a su juventud un conocimiento verdadero de su religión y de su espiritualidad, interpretando los textos sagrados islámicos con un enfoque de apertura, diálogo y convivencia, lejos de la versión del fanatismo yihadista. Y, además, proseguir el difícil y lento proceso de integración en el contexto francés y europeo.

Por su parte, los católicos franceses, leales a la muy tolerante, pacifista y progresiva jerarquía católica de Francia, muy en sintonía con el Vaticano, continúan, a pesar de todo, su política de diálogo y acogida, Tras la matanza de Niza, proclaman que el culto musulmán en Francia está haciendo un buen trabajo desde sus instituciones, salvo unas pocas mezquitas y de unos pocos imanes. Y en este caso, además de las protestas y muestras de solidaridad dadas por responsables e intelectuales islámicos, los católicos franceses constatan que la base de los creyentes musulmanes han dado también pruebas de fraternidad y cercanía, en toda Francia, mucho más fuertes que en otras ocasiones.

Últimos aforismos

 

 Nunca nos imaginamos a unos caníbales comiendo su carne con cuchillo y tenedor.

¿A quién le molesta que se diga: los médicos y las enfermeras? ¿Acaso a los enfermeros (que son menos) y a las médicas (que son más)?

El Estado norteamericano del que los candidatos reciben los votos menos calurosos es el de Nevada.

Y el que no cambia nunca de color, el de Colorado.

 

La oración y Dios

 

           Si la oración de adoración, alabanza, perdón y acción de gracias a Dios no llevan consigo dificultad alguna, la oración de petición sigue siendo una cruz. Hasta hay ciertos teólogos que la suprimen de sus cálculos. Pero el ejemplo de Jesús los desautoriza. El Padrenuestro, paradigma de la oración, además de esas primeras formas susodichas de oración, incluye también la del pan de cada día.

El gran teólogo católico suizo, ya veterano entre los teólogos, Hans Küng, dedica 95 páginas a la oración en su breve libro La oración y el problema de Dios. Para él no existe religiosidad auténtica sin una profunda vida de oración. Ahora bien, frente a quienes disuelven la oración en sobrenaturalismo (Dios lo resolverá todo) y contra quienes lo resuelven todo en ética (lo que ocurre en el mundo es  exclusiva competencia nuestra), el autor propone la oración como reflejo de la comprensión de Dios. Orar no es conversar con uno mismo, ni la oración es una mera proyección de nuestros deseos. La oración es la expresión de la fe aplicada. Lo específico de la oración cristiana no es la meditación, la reflexión. Jesús apela a la oración breve, hecha en secreto y vinculada a la petición de perdón. La oración es siempre la voluntad de confiar estar ante un Dios a la vez presente y ausente.

«Los papeles perdidos del cardenal Segura (1880-1957)»

 

           El profesor del Departamento de Historia de la Universidad de Navarra, Santiago Martínez Sánchez, investigador de muy amplio aliento, tuvo la delicadeza de invitarme, un día de septiembre, a dialogar con sus alumnos sobre la Transición en Navarra, en España y en Europa. Ahora me envía su muy preciado libro, con ese título, (2004), que yo había hojeado y ojeado en la biblioteca de esa misma universidad, pero no lo había leído, de cabo a rabo, y vorazmente, como ahora.

Buen conocedor de los dos grandes Archivos eclesiásticos de esa época, los de los cardenales Vidal i Barraquer y Gomá, Martínez Sánchez añade el del tercero en discordia -nunca mejor dicho-, el del intolerante y arcaico cardenal Segura, primero arzobispo primado de Toledo y después arzobispo de Sevilla. Lo mismo la historia de sus primeros episcopados, que la del exilio drante la Segunda República, o la última de su estancia en Sevilla durante el franquismo, es una historia, muy bien escrita. documentadísima, rigurosa, y a la vez valientemente interpretadora, sin esquivar ninguna actuación, ninguna actitud dentro del panorama eclesiástico y político español, en una de sus etapas más complejas.

El libro es imprescindible para conocer al cardenal Segura, pero también para conocer una franja, la más integrista de la Iglesia española en ese período. De máximo interés, su  estrecha relación con el carlointegrista Manuel Fal Conde  y con el Tradicionalismo hispano en general, así como su lejanía cultural, eclesial y política con el trío Pacelli – Vidal – Tedeschini, a quienes tocó regir la Iglesia española desde septiembre de 1931 a mayo de 1936. Tampoco el más cercano cardenal Gomá llegó a ser santo de su devoción.

Al leer las muy condensadas y claras ocho páginas de las conclusiones, mi coincidencia con el autor es total. Y le felicito por esta contribución formidable a la historia contemporánea de España.

Del Museo de Castejón al castillo de Arguedas (y II)

 

             Lo lógico hubiera sido ir hasta el llamado Castejón de Arguedas, cerca de la carretera que va al Polígono de tiro, para visitar otro yacimiento lo más parecido al de Castejón de Ebro, ya descubierto en los años veinte, estudiado por Taracena y Vazquez de Parga en los cuarenta, y por Bienes y Castiella en los noventa. Pero no teníamos tiempo para tanto, y nos conformamos con ver cómo iban las excavaciones del castillo medieval, de las que habíamos tenido noticia en los periódicos.

Esta vez vimos, ya dentro de la villa, un indicador callejero: Balconico de los Moros. Al final de un callejo estrecho, y subiendo unas escalerillas, encontramos el estrecho sendero, que, junto a un hondo y retorcido barranco, se abre hacia la cima. Está sucio. La cuerda que unía los postes de madera que separan el sendero del barranco está rota, y en medio del camino hay una mesa tirada y alguna basura más. Caen unas gotas y en algunos tramos el sendero, muy empinado, está resbaldizo. Encima de nosotros, los pinos bardeneros. El camino se separa del barranco y nos lleva directamente a la cima del escarpe yesoso. Antes de subir el último tramo vemos el ancho foso abierto en la parte oriental del mismo, que llega hasta unas pequeñas casas, ya en terreno llano.

Subidos al escarpe, encontramos un solar ligeramente inclinado e irregular, con ciertos promontorios, todo cubierto de altas hierbas y vegetación bardenera, con huellas de las excavaciones llevadas a cabo y luego selladas para evitar cualquier daño. Falta tal vez aqui un panel interpretativo, como los que están debajo del cerro, antes de que lleguemos al hito interpretativo (código QR), junto a la piedra-pilón, piedra-púlpito, o piedra-balconico en el extremo sur del escarpe.

Pero antes de imaginar la Edad Media, los ojos se derraman por todo el espectáculo que nos ofrece este delicado día de noviembre, que no nos deja ver la barrera montana del Sistema Ibérico riojano, y apenas el Moncayo, arrebujado de nubes volanderas, y las planas de los Montes de Cierzo. Un poco mejor, los sotos fluviales con los últimos óxidos en las ramas más altas y  el cinturón arbolado, todavía verde, que señala el paso majetuoso del padre Ebro, fertilizador de los campos aluviales, amarillos y ocres de los maizales, y verdes de las hortalizas  y del arroz. A nuestros pies, la línea recta y prieta del poblado arguedano, sencillo y familiar, interrumpido por el bello cuerpo gótico-renacentista de la iglesia de San Esteban, con su torre guía, faro, mástil, flecha y campanario. Todavía se expande más a uno y otro lado, en los acantilados de yeso, donde se horadaron un día lás famosas cuevas–viviendas, hoy sólo atractivo turístico.

Sabemos que Arguedas, después de tres siglos y medio de dominio moro, fue liberada, un 5 de abril de 1084, en un hábil golpe de mano del rey Sancho Ramírez, dentro del último reducto islámico envolvente, que resistiría aún más de treinta años. Desde el comienzo fue sede de una de las tenencias del Reino, con el alcaide al mando del castillo, que en aquellos tiempos y durante tres siglos más lo era casi todo en una población: defensa, refugio, prestigio, factor de crecimiento, motor económico…

Ha hecho bien el ayuntamiento, en promover, con fondos locales, navarros y europeos, la recuperación posible del castillo, bajo la guía del arqueólogo tudelano Luis Navas; recuperación que se ha puesto en obra el año pasado. La verdad es que el lugar no pudo ser mejor elegido, por la escabrosidad del terreno y el dominio estratégico de los caminos y pasos aledaños. Desde el pie del peñascón,  desde la calle La Peña, se pueden ver mejor algunos restos que quedan de aquel armazón defensivo: el opus spicatum, el muro de  de sillería, los fragmentos de mampostería…

Por lo demás, imaginar y soñar es fácil y gratuito: los potentes muros, las sólidas torres… Una villa que tiene en el escudo un castillo tiene derecho a soñarlo como quiera. Las tropas castellanas de 1512 no pueden demoler un solo sueño.

Cae la penúltima luz sobre la huerta de energía solar, a nuestra izquierda, y sobre los bellos bancales de tierra rojiza que sostienen los pinos de repoblación. En aquellos tiempos medievales, el último sol se pondría sobre la punta de la lanza del más alto vigía del castillo.

 

Del Museo de Castejón al castillo de Arguedas (I)

 

         Día lluvioso de noviembre. Buscamos información, entretenimiento y refugio en el Museo de Castejón de Ebro, que conocemos bien.  Ya no llueve cuando llegamos a la plaza de España de la villa, donde el antiguo Mercado de Abastos, ahora frente al Centro Cultural Sarasate, se convirtió hace años en el precioso Museo de la Edad de Hierro, de la villa romana y del ferrocarril. Nada menos. Hay también en el sótano una exposición de pintura, pero hoy nos interesa sobre todo la exposición más lejana, porque necesitamos llenar de contenido humano tantos castros protohistóricos, como hemos visto por fuera durante estos últimos meses.

El Museo de Castejón, después del de Pamplona, es el mejor muestrario de aquella Edad. La necrópolis celtibérica de El Castillo / El Montecillo, situada al pie, algo distante, del cerro, la más importantes de Navarra, junto con la de Cortes. Se excavaron casi dos centenares de tumbas, y quedan dos terceras partes por excavar. Propiedad de la nueva central térmica Iberdrola, consiguió fácilmente los permisos y la financiación de los trabajos y de su museización, pero al mismo tiempo se ha perdido la ocasión de haberse conservado toda la estructura arqueológica y haber formado el Museo al aire libre más importante de España.

En medio de la sala contemplamos la reproducción al natural de los espacios funerarios de la necrópolis, con los círculos de adobes o piedras, los cascajos o cantos rodados dentro o fuera de los mismos, y las urnas de cenizas sobre ellos o dentro de un pequeño cuadrado de adobe o de piedra. Al lado, vemos parte del ajuar del difunto correspondiente,  del sacrificio de aninales y del banquete posterior: una parrilla de hierro, armas, vasijas rotas… En las vitrinas la muestra más sorprendente es la reproducción de una pira funeraria de un personaje principal en una sociedad muy jerarquizada -seguramente político y sacerdote-, con sus armas guerreras y sacrificadoras (espada, lanza, escudo, cuchillos), adornos de todo tipo, de piedra, bronce, hierro y hueso;  vasijas votivas…  De esa y de otras tumbas quedan parrillas, coladores, morillos, espadas, cazos, calderos, fíbulas -una con forma de carnero-, hebillas, lúnulas (pectorales con formas de luna creciente)… De la villa romana posterior, cercana al Montecillo, y así denominada, se expone una jarra de hierro con cabeza femenina. Otros restos de la misma se muestran en las instalaciones de la central próxima de Iberdrola.

Desde la terraza del Museo, vemos por los cuatro costados el pueblo de Castejón (más de 4.000 habitantes): el caserío compacto, en continua extensión hasta hace bien poco: la torre de fusileros, de la última guerra carlista; la vieja fábrica de harinas; la torre de la iglesia de San Francisco Javier, el puente Sancho el Mayor ssobre el Ebro, el más bonito de los que he visto en el mundo… Hasta 1927 fue Castejón un barrio de Corella, recreado y  potenciado por el tren, cuyo antiguo dominio es fácil imaginar desde aqui por la tupida red ferroviaria -¡nueva edad del Hierro!-, frente al menor paso actual de trenes, y todavía al rojo vivo la crisis de una de sus empresas, fabricante de autobuses eléctricos (Trenasa), cuyas vallas los obreros despedidos han llenado de cruces funerarias. Desde aqui vemos bien la cima de El Montecillo, sobre el río Ebro, que no vimos la otra vez, y hacia el cual nos dirigimos.

Erguido sobre un alturón, de forma cónica, cubierto por una vegetación bardenera, y todavía coronado por un antiguo depósito de aguas, el topos del viejo poblado es un típico castro celtíbero: por su elevación y por su cercanía al cauce del río. Todavía se pueden ver algunos restos defensivos en el foso meridiconal. Sin un solo indicador, sin un panel que lo explique, no creo que se haya excavado aqui ni poco ni mucho, al contrario de la cercana necrópolis, al este del montecillo, sobre cuyo terreno pasamos con cierta emoción contenida.

José Antonio Faro Carballa, que ha estudiado el yacimiento (mediados del siglo IV a. C.) mejor que nadie, considera las sepulturas excavadas como el último paso de un extenso ceremonial funerario, más patente aquí que en cualquier otro lugar: sacrificio ritualizado de aninales -ovejas y cabras, y a veces équidos y bóvidos-; banquete de los deudos; piezas cerámicas elaboradas ex professo para las exequias; ofrendas de alimentos reservadas al difunto… Todo ello hace de este lugar un referente de primer orden para esta materia, en la historia de la Segunda Edad del Hierro.

Palabra y silencio

 

Alguien me dice que no ha etendido bien el poema sobre el Dios de Nicolás de Cusa. La verdad es que es difícil de entender. Ya de por sí, ¡Dios es dficil de ser entendido!

La palabra nos hace humanos. Animal dotado de palaba, nos definió Aristóteles. La palabra es el órgano del espíritu que hace al hombre oyente de la Palabra de Dios. Pero la palabra no nace del hombre, sino del Misterio, que habla en el univeso, en la conciencia de cada ser humano, en el rostro del otro. El hombre intenta a veces apoderarse de la palabra hasta hacerla palabrería, cuando no sofisma, mentira, insulto y hasta blasfemia. A la vez que degrada el silencio, convirtiéndolo en en ruido, imagen, chisme, propaganda.

Los místicos recurren al silencio para salvar el nombre y el concepto de Dios, para librarlos de toda pretensión posesiva. Y  también porque el silencio es, segúan san Juan de la Cruz, la forma de hablar propia de Dios. También los poetas son conscientes de la insuficiencia de las palabras. Jorge  Guillén escribió que toda palabra humana en relación a Dios es lenguaje insuficiente. De ello trató George Steiner en El silencio y el poeta.