Castros de Carcastillo y Mélida (I)

 

                          Ha salido este sábado de mayo tan bello y puro como cuando se cantaban en nuestros pueblos Con flores a María, las tardes en la  iglesia, que eran días en que parecía que el mal había desaparecido de la tierra.

Los embalses navarros siguen con más del 90 por ciento de su capacidad y una primavera radiante, que parece pintada por Archimboldo, lo llena todo, lo reverdece todo, lo sublima todo. Las retamas han comenzado ya a encenderse y contienden con las aliagas en fulgor y resplandor. En los muy variados campos de labor, todos los cebadales y casi todos los trigales han granado ya y están las espigas altas, firmes, erectas y esbeltas, como si todas obedecieran a la misma orden del señor solar.

Vamos a Carcastillo por Cáseda, y por la carretera de Aibar nos alegran la vista colecciones enteras de azulitas, linos azules y margaritas. Acacias y saúcos nos saludan también con los pañuelitos de sus flores olorosas mecidos por el cierzo.

Quedamos a almorzar junto al monasterio de San Zoilo. El parque que hace años se abrió bajo el templo gótico está desconocido. es un pequeño jardín inglés junto al arroyo, con cipreses, acacias, arces y almeces que hacen juego bajo con los altos chopos que custodian el santuario, con una caseta de parrillas comunales para los días de romería o de celebración y unos cómodos bancos esparcidos por todo el espacio. Las viejas casas que circundan la iglesia están más limpias que nunca. En sus paredes nos anuncian las variadas actividades que se llevan a cabo en el lugar, entre otras, el mirador de estrellas, muy cercano al parque. Los personajes góticos que salvaron su pellejo en el tímpano de la portada abocinada de San Zoilo  siguen dándonos ejemplo de constancia y finura en el oficio.

Siguiendo por la tranquila y siempre nueva ruta hacia Carcastillo, nos damos de bruces con los cipreses y las palmeras del pueblo de colonización de san Isidro del Pinar, cercado de rosales, y damos una vuelta por sus bien contadas calles, con su casitas bajas y bien ordenadas, con ese aire campesino, sencillo y de santoral, que ya es raro encontrar en lugares y villas de abolengo.

Al llegar al raso o saxo de Carcastillo, vemos por vez primera el color ceriondo (de  Ceres, diosa de los cereales) del extenso cebadal, que tenemos a nuestra izquierda. Y nos detenemos en el pinar frente al mirador de Larrate sobre la vega del río Aragón. Aunque un tanto maltratado -arrancado el panel, rotos algunos troncos del barandal de madera- la vista  esplendente del Valle del Aragón no nos la estropea ni nos la rompe nadie, ni la del regadío cuadriculado de la villa, con algunas fincas baldías, ni la del curso ondulante y espejador del río pirenaico, al que vemos romperse en la presa de Larrate. Y allí, sobre uno de  los bancos de ladrillo con  azulejos formando un mosaico, nos sentamos para yantar. Un lugar que no envidia ningún tipo de manteles.