He visto salir de la cápsula mágica,
que subía de la mina San José,
uno a uno,
los 33 mineros chilenos enterrados,
ahora resurrectos
de una muerte inminente,
por la gracia y fervor de todo un pueblo.
Ángeles doloridos
anunciaban jubilosos
la buena noticia a todo el mundo.
Pocas veces contemplamos
con mayor alegría
la potencia del hombre fraterno
sobre errores humanos
o la fría la indiferencia de las leyes naturales.
Algunos mineros besaban la tierra
que habían temido no pisar;
adoraban a Dios
o hacían la cruz sobre su cuerpo.
Dios sin duda celebraba la victoria del Hombre.
Y Chile, azul de cielo y mar,
premiado por su gesta,
era toda una banda vertical, engalanada,
sobre el pecho gozoso de la Tierra.
