Archivo del Autor: vmarbeloa

El menhir roto de Gortasoro

 

         Día soleado y frío del último noviembre. Subimos desde Olazagutía a la mayor sierra de Navarra por uno de los puertos más quebrados y bellos de Navarra, el llamado puerto de Urbasa, cuando las últimas hojas otoñales resisten en los sombríos y el resto del hayedo luce su desnudo invernal, de una belleza natural arrebatadora. Hay bastantes coches en los aparacamientos habituales y familias con niños aquí y allí. Llegamos a la Venta de Medinagusi, dentro del rodal de casas y casetas, que anteceden al viejo, cerrado y ya destartalado palacio de Urbasa, encima del raso de su nombre, el mayor lago verde de Navara, sobre el que asoman sus cabezas algunas hayas, muchos majuelos o espinos albares y dos pequeños grupos de pinos y abetos.

Cruzamos la carretera hacia el sur y tomamos una ancha pista, bien señalizada por unos postes con flechas azules y marcados con rojo y azul, acompañados por unos pequeños hitos de ruta con la imagen de un dolmen vaciada en la madera. Pasamos cerca de un corral de ovejas, que pastan cerca, y poco más adelante, junto a tres casetas de pastores. A un lado, vemos un pequeño vallado, abierto en una langa y en el fondo la base musgosa de un haya con varios ramos  de flores, naturales y artificiales, bajo  el nombre de Fernando Garbayo, 1928, pintado en el tronco del árbol. No sabemos quién fue ni por qué se le recuerda.

El terreno despejado por donde vamos, que es un claro de bosque, se eleva un poco entre el hayedo espeso y una gran hondonada, el flanco norte del raso. Los helechos, ya descoloridos, se suben a las ramas desnudas de los espinos, como si fueran su espaldera natural. Por todo el espacioso camino se levantan miles de toperas, breves montoncitos de tierra extraída sobre la hierba, que en un espacio megalítico como Urbasa, el mayor de Navarra, uno las confunde sin querer con posibles crómlechs a cada paso. Por cierto, no solo crómlecs. Junto a uno de los pequeños hitos pensamos ver dos grandes piedras hundidas en el suelo, que se nos antojan dos ortostatos del nadir (piedras verticales del dolmen). Y un poco más adelante, en una corta y como interrumpida excavación, la imaginación nos lleva a imaginar un dolmen de corredor…

A pocos metros encontramos, tendidas en el santo suelo dos grandes  losas calizas, separadas por cinco metros. Muy posiblemente son dos partes del mismo menhir (piedra alargada, en bretón) partido, ya que una losas de las dos es más estrecha y termina en punta. Con 54 cm de grosor, una de ellas mide 3´65 m de largo y la otra 3´15. Uno de los mayores menhires de Navarra. Un gigante -¿señal de autoridad, de propiedad, de culto, de memoria colectiva?-, abatido o caído por las enormes inclemencias de los siglos. El menhir es el monumento megalítico más alto y robusto, junto a los túmulos, dólmenes y crómlecs, que abundaron sobre todo en la Europa Atlántica y en el Mediterránea occodental durante los períodos Eneolítico, Calcolítico y Edad del Bronce (5000 – 1000 a. C.) y no tiene ncesariamente un carácter funerario. Dos niños de un grupo familiar que nos precede se han hecho una foto sentados en ambas losas.

Seguimos unos centenares de metros más, admirando las hayas corpulentas, que levantan junto sobre sus raíces una especie de redondo túmulo de tierra y musgo, y desde un altillo, dominamos bien el raso de Urbasa y toda la espalda del cresterío que da al Valle de la Barranca o Sakana. Al fondo, el escarpe pelado y gris blancuzco de la sierra de Andía. En los últimos tramos de nuestro recorrido nos toca ver tres grandes lotes de troncos de hayas recién aserrados, las ramas cortadas, y arrastrados hasta aqui; tendidos también en el suelo como gigantescos menhires vegetales; parecen dispuestos para ser trasnsportados, tal vez después de ser reducidos a tamaños menores.

Regresados al punto de partida, buscamos para comer un poco de sol y de silencio. Y los encontramos cerca de dos viejos troncos vacíos de hayas, con setas marrones a los pies, cerca de una caseta rectangular, con seis vanos que dan al sur, y unas placas solares en el  tejado. Sale humo de la chimenea. Pronto llega un coche, y luego otro. Oímos hablar de chorizo y de pan. Llega un tercero, que debe de traer lo que faltaba. Nos saluda el paisano y le preguntamos si son cazadores:

-No, ecologistas.

¿Amescoanos?

El dueño de Eulate y los demás de Eulate o de cerca.

Y, sin más, se acerca y nos alarga medio chorizo de jabalí. La chimenea sigue despidiendo humo.

A la vuelta, nos detenemos, ya dentro del monte Limitaciones de Améscoa, en el llamado balcón de Pilatos, en cuyo aparcamiento hay una docena de coches. Nos anteceden dos parejas hispanoamericanas, que se sacan fotos a placer. La visión del Valle de Améscoa Baja, en un atardecer soleado como este, es dede aquí, como siempre, excelsa, nunca mejor dicho. Pero he descrito tantas veces estos lugares en mis tiempos jóvenes, que esta nueva visión también se me tiñe de nostalgia. En Limitaciones pude ver los dólmenes más voluminosos de Navarra, con los túmulos casi intactos. Buitres altos. Un pechico royo vuela de espino en espino junto al aparcamiento.

 

Primer domingo de Adviento

 

Evangelio de Marcos  13, 33-37

 

Vivían obsesionados por la vuelta de Jesús,
de aquel Hijo de Dios que había ressucitado.
Y recordaban de continuo las palabras del Maestro
acerca de la inminencia del Reino de Dios.

Habían visto caer, piedra sobre piedra, los muros del templo;
reducida a cenizas la ciudad santa
pasados a cuchillo miles de paisanos.
Habían sufrido la muerte, el exilio, la persecución y el odio,
y después el engaño
de los falsos cristos y los falsos profetas.

¿Cuándo verían al Hijo del Hombre
volver entre nubes, con poder y con gloria?

Algún profeta local, por consolarlos,
añadió que era cosa de unos años.
Pero Jesús había dicho
que el día y la hora eran cosas del Padre celestial.

Era cosa de velar, de vivir con lucidez,
de vivir la realidad con ojos nuevos,
fieles a la esperanza -al Dios de la esperanza-,
que es la prueba de la fe.

Dios es aquel señor, que un día se ausenta,
da a cada uno su trabajo
y ordena a su portero que guarde su casa.
Él volverá, quién sabe cuándo:
quizá al atardecer, o a media noche.
al cantar el gallo o al quebrar la madrugada.

No quiere que nadie le reciba dormido.

La poesía

 

La poesía es el otro lenguaje, el nuevo lenguaje.

No busca nada, no desea nada, no espera nada.

Es un lenguaje trascendente: palabra en el tiempo para la eternidad.

Transparenta lo absoluto de la realidad.

Le acompañan el silencio, la soledad y el espíritu de la creación.

Últimos aforismos

 

          Dependientes por esencia no podemos dejar de ser, por esencialmente limitados. Pero serviles sí.

En el abrazo del oso / ¿quién es el más cariñoso?

El argumento más favorable a la Monarquía española es ver bien quiénes son sus enemigos.

Para paleontólogos, arqueólogos, epigrafistas, pre y protohistoriadores…, el ibérico es la enigmática lengua ibérica. Para el resto de los mortales, elmejor jamón del mundo.

En busca de San Quirico, en la sierra de Sarbil (y II)

 

        La primera parte de la subida puede pasar, aunque, y a pesar de llevar el GPS, nos perdemos dos veces y dos veces volvemos al sendero correcto.  Nos pasan varias familias con niños pequeños y grandes mochilas. Hacemos bromas. Luego viene un tramo áspero sobre un suelo formado de pequeñas piedras calizas, que lo hace muy resbaladizo. Descansamos de vez en cuando para mirar a los buitres, que nos sobrevuelan muy altos, o a la vega aluvial del Valle de Etxauri, que nos dejan ver las carrascas. Peor es el tramo siguiente, con mucho desnivel y el suelo muy estropeado, entre tierra quebrada y muchas piedras, y de poco nos sirven los bastones de monte, que aquí son un estorbo. Nos sostenemos entre nosotros, y, a veces, nos agarramos a la carrasca o al boj.

Mira el Arga…

Por un hueco entre la espesura carrasqueña vemos combarse el río, arbolado, plateado, manso, persistente. Lo que nos alivia un poco y hasta nos anima. Oímos, un poco más arriba, unas voces juveniles y vemos una roca exenta y afilada, como un ciprés de piedra, que todo el mundo llama el Huso, de 34 m.de altura y con seis vías de escalada. Pero aún nos falta lo peor. Por fin llegamos a un pequeño recodo, donde se planta el Huso calizo, con una protuberancia en la mitad, que nos hace ver una especie de nariz y algo parecido a una boca. Las primeras clavijas en la sierra de Sarbil se hincaron aqui, cuando los montañeros catalanes Juan Caballé y sus compañeros Sorolla y Magriñá conquistaron esta aguja el 16 de agosto de 1946. Uno de los muchachos del grupo acaba de hacer cima y los demás aplauden desde abajo. Las clavijas brillan al sol de la tarde. Nos quedamos un rato mirando y admirando la proeza. Les decimos a dónde queremos ir, pero no han oído hablar de ello. Junto a otra peña más gruesa y más alta que la anterior, la del Cantero, de 80 metros de altitud, tienen su pequeño campamento con las ropas, la pitanza, los útiles de escalada y las mochilas.

Cuando nosotros decimos santuario, ellos piensan que buscamos el refugio y nos orientan hacia él con lo que perdemos más tiempo, tiempo que aqui vale más que el oro. Vemos desde abajo el Refugio que lleva el nombre del montañero y escalador navarro Marcos Feliú, con capacidad para media docena de personas, que ocupa el primitivo Abrigo de la Peña del Cantero, donde en las excavaciones de 1943-1945 se extrajeron unas cerámicas de época bajoimperial romana y donde el montañero y espeleólogo navarro Isaac Santesteban encontró más tarde, en lo más hondo de la espelunca, unas figuras rupestres, antropomorfas y zoomorfas, así como otras esquemáticas, del tiempo del Calcolítico o del Bronce, que, tras la construcción del refugio y otros avatares, desaparecieron. En otro Abrigo cercano, Javier Nuin, que descubrió otra cueva similar en términos de Ciriza, ha estudiado y está estudiando otras figuras esquemáticas similares. Alguien ha llegado a especular con estos Abrigos como posibles recintos eremíticos, numerosos durante la Época Antigua y Alta Edad Media en otros lugares de España, por ejemplo en el cercano Treviño.

Intentamos subir el último y más empinado escalón, mientras baja una familia de Bidaurreta, que nos disuade de la subida al decirles nuestro objetivo. El padre de los chicos sabe bien qué es San Quirico y nos ayuda, junto con con su mujer, a bajar de donde ya habíamos medio subido: el peor trozo de toda la ascensión. Nos indican ahora justo la dirección opuesta. Volvemos a pasar por el Huso y por el Cantero. Vemos en la cima oriental de este un artefacto como de hierro. ¿Qué es eso? ¿Qué va a ser? La enigmática cruz de los cencerros, colocada, como dice el numero grabado en la misma, el año 1728. Ni Marcos Feliú sabía cómo. La cruz fue bajada, reparada y vuelta a subir, los años 1902, 1947 (en una cordada militar) y 1959.

Seguimos en dirección oriental por un sendero, que alguien nos recomienda también para volver. Por fin parece que hemos encontrado el sendero final que nos lleve al santuario. Subimos. El suelo es todo de piedras calizas. Pero aún queda un buen trozo. Nos paramos. Y, tras una penosa decisión, dada la hora y el cansancio personal, y no sin gran disgusto, volvemos por el mismo camino de antes, por más seguro. El descenso es mucho más lento y mucho más fatigoso. A las cuatro llegamos al coche, y,  en el hueco de unas carrascas, donde entra un poco de sol, nos ponemos a almorzar.

Qué alivio…

Alguien, para consolarme, me dirá después que, aunque hubiéramos llegado al lugar deseado, no hubiéramos podido superar la roca de base de la estrecha apertura entre las dos peñas, que lleva al santuario. En las rocas quedan acanaladuras verticales y orificios para el probable encaje de un portón de madera. Pero siento no haber visto los dos tramos de cazoletas o escalones tallados en la roca para subir hasta el posible altar de ofrendas de manjares o sacrificios de animales, a la vez que observatorio y resguardo. ¿Ritual y defensa, a la vez? La peña del Cantero, en esta segunda hipótesis, haría de torre del homenaje. En el lugar, tras la prospección llevada a cabo en los primeros cuarenta por Taracena y Vázquez de Parga, apareció una llave romana y una moneda de la época del emperador Constantino. Asunción sugiere que el altar podía ser la plataforma donde se colocaran los cadáveres de los guerreros -costumbre de otros pueblos celtíberos- para ser devorados por los buitres paisanos, poderosos carnívoros. Todo es posible. En Bombay, hace solo unos años, estuve viendo las terrazas, donde un grupo religioso hindú  exponía los cadáveres de los suyos a las aves rapaces.

Tan estratégico para la defensa le pareció el lugar a un apasionado arqueólogo guipuzcoano, que ha venido defendiendo  el santuario de San Quirico, siguiendo una indicación general de Lacarra, como el célebre castillo de Sajrat Quays de las crónicas árabes, expugnado por las tropas de Abderramán II (843) y Abderrramán III (924). Vete a saber.

 

En busca de San Quirico, en la sierra de Sarbil (I)

 

                           La sierra de Sarbil, levantada en el Eoceno, es no solo una singular cantera navarra de cortados -a cuchillo geológico-, cantiles y acantilados, como es bien visible, a los que el sol les da a veces un tono tan carnal, que parecen piel humana. Pues, de humanos va la cosa. Porque en esa sierra (que popularmente se llama Peña o Cabezón de Etxauri) y en sus inmediaciones hay, mejor o peor estudiados, al menos, 20 yacimientos pre y protohistóricos, y hay indicios de que algunos de ellos estuvieron habitados desde la cultura Epigravatiense, dentro del Paleolítico Superior Final, hasta la Edad del Hierro (c. 1000 – 200 a.C.). Pero, más concretamente, el carbono 14 (C14) ha probado que hace 17.000 años había vida humana en el pequeño Leguin, de cuyas cuevas hablé el otro día. Hacia el año 6000, además del anterior, probablemente estuvieron habitados los yacimientos de Cueva del Moro, Playa, Viñas de la Peña, y alguien trazó pinturas esquemáticas en dos Abrigos de la  Peña del Cantero, una de las más apetecidas por los actuales escaladores. En los inicios de la Edad del Hierro estuvieron poblados el susodicho cerro de Leguin y el que hoy se llama santuario de San Quirico o Quiriaco (por una ermita muy posterior, de la que solo quedan rastros).

Este es un espacio protegido para las aves, que anidan allí, especialmente los buitres leonados, que son los  reyes del espacio y rara vez suelen faltar; además, los alimoches, el águila real, el halcón peregrino y el búho real. El período de nidificación de estas aves impone las normales restricciones a cualquier actividad cerca del sus nidos, sobre todo a los numerosos escaladores, que tienen aqui su primera y mejor Escuela en Navarra. Más de 700 vías de escalada están abiertas en una u o otra pared de las peñas exentas o del murallón último, hacia los que parten centenares de sendas desde los cuatro puntos cardinales, y que se cruzan y entrecruzan a lo largo y ancho de la pendiente y del somontano. Toda esta parte sur de la sierra está intensamente ocupada por la carrasca, la coscoja o chaparro, el boj y el enebro de la miera. De cuando en cuando aparecen algunos serbales.

Sabiendo que no era fácil el ascenso, un perfil no bien diseñado de ruta nos animó a llegar a nuestro objetivo, que no era otro sino San Quirico, y allá que nos fuimos, una mañana soleada de noviembre, con incontables ciclistas que bajaban desde el Puerto de Etxauri, y numerosos coches aparcados junto a  las tres o cuatro entradas más visibles desde la carretera.

«Filosofía y consuelo de la música»

 

          Ramón Andrés (Pamplona, 1955) es uno de los más prestigiosos autores navarros y tal vez el primer musicólogo de España. Filósofo de la música (Bach, Mozart, Monteverdi…); autor de  dos grandes diccionarios musicales; poeta excelso  y escritor de aforismos; editor de clásicos, barrocos, místicos y románticos; traductor de siete grandes ( Braque, Dylan Thomas…), es difícil encontrar una trayectoria como la suya, cuando aún tiene muchos años de creación por delante.

En este último libro, en torno a la historia de la estética musical hasta las puertas del Renacimiento, desarrolla en tres grandes bloques los fundamentos, las certidumbres y las inquietudes de las épocas, con el estilo narrativo ameno  y erudito, y con la riqueza de vocabulario a que nos tiene acostumnbrados. Donde se muestra la importancia antropológica de la música a través de los grandes filósofos. Al servicio de la  razón y de la pasión del hombre.

«¡Vamos! Una temporada en política»

 

         El filólogo, escritor, profesor universitario y periodista balear, Xavier Pericay, nos cuenta en este libro lo que ocurre cuando una persona sin ambiciones políticas, sin necesidades económicas, y sin deseos de influencia social, se mete en un partido supuestamente regeneracionista [Ciudadanos], con la buena intención de ayudar, en lo posible, a la gobernación de la cosa pública. El relato, muy bien escrito, basado, como es sabido, en una experiencia personal, nos muestra ante todo las miserias de la vida política en la España de hoy.

Lo resume uno de sus amigos: Entró, se remangó, trabajó. Y salió pitando.

Canto material-espiritual

Deu-me en aquets sentits l´éterna pau
i no voldré més cel que aquets cel blau

                                                                                                             (Joan Maragall)

Amamos tanto este mundo,
que es tan nuestro.
Amamos tanto esta tierra en que vivimos:
esta luz de los ojos, que ven el cielo, el mar, los ríos o la nieve;
la voz de los seres queridos y los pájaros;
el olor de las flores y las cuatro estaciones;
el gusto de los vinos y las frutas;
el tacto de los besos, los abrazos carnales…

Amamos tanto este mundo
-¿no lo amó así Jesús de Nazaret?-,
que no podemos pensar
que el cielo no sea también
este bello lugar

donde Tú nos vas divinizando,
además de la gracia final de tu presencia,
que es lo más que deseamos,
aunque muy lejanamente imaginemos.

Este mundo es para siempre nuestra patria,
y solo en este mudo sabemos ser felices.
¿Qué harían nuestros sentidos
dentro de un cielo abstracto,

tan solo espiritual, tan solo angélico?

Únenos, Señor, estos dos mundos.
No dejes degradarse este bello mapamundi,
donde tu Hijo, el Cristo, nos anunció tu Reino,
y llénalo igualmente
de tu luz y tu belleza poderosa.
Si un día ha de morir
por el fuego de un sol en su agonía,
recréalo de nuevo.
Redímelo de sus leyes injustas y gravosas,
y que añada sus gozos y delicias,
y su memoria humana,
a ese Cielo infinito
que es tu mismo Ser.

 

Desde el castro y castillo de Irulegi

 

                    Desde el poche de Idoate, donde comienza el valle de Izagaondoa, subimos entre pinos de repoblación y bojes hacia el catillo de Irulegi, en la Peña de Lakidain. Hace más de treinta años que subimos allá desde el pueblo del mismo nombre, cuando del castillo solo quedaban unas ruinas semi enterradas. Esta es una subida más penosa pero más corta. Al regreso, dos muchachos atléticos nos admiran por nuestra edad, y con esto ya se sabe lo que se quiere decir. En la parte más brava de la pendiente han puesto unas semiescaleras  con tabla de madera  en la base y sostén de hierro, mejores para subir que para bajar. Después de llegar a una zona más abierta, a la altura de los 850 metros, pensamos ver los restos de un mural de piedra del oppidum o castro de la Edad de Hierro, en su extremo meridional, que identificó en su día Javier Armendáriz, castro de unas diez hectáreas, quemado probablemente, según él, por las tropas de Quinto  Sertorio hacia el año 76 a.C. Las decenas de glandes, proyectiles de honda, de plomo, encontrados en sus alrededores, fueron determinantes. Nos parecen visibles, a pesar del pinar que lo ocupa todo, la altura del terraplén y su foso correspondiente.

Por fin divisamos el bulto del castillo  y un amplio raso, que asciende levemente hacia él. Un panel lateral y discreto nos recuerda su datación del siglo XIII y sus posibles precedentes, pero no no nos dice nada de su demolición en 1494 por los reyes de Navarra, doña Catalina de Foix y don Enrique de Albret, para evitar que fuera aprovechado por el bando beamontés del conde de Lerín, mayoritario en Pamplona y su Cuenca, que lo había poseído hasta entonces. En la parte inferior del raso un joven con casco en la cabeza y bicicleta en la mano parece ordenar algo en torno a un hueco excavado. Es uno de los muchos voluntarios, nos dice, que viene trabajando, en auzolán, en la restauración del castillo, en su consolidación y en su socialización como patrimonio histórico singular y hasta como símbolo del Valle de Aranguren, propósito que se fijó el ayuntamiento del mismo Valle cuando dejó, el año 2007, en manos de la Sociedad de Ciencias Aranzadi la recuperación de la vieja fortaleza.

 Estamos ante la última cata abierta en los últimos trabajos para recuperar, al mismo tiempo que el castillo, el castro protohistórico, sobre el que se montó la fortificación medieval. Probablemente en el alturón donde hoy se encuentra había un fortín o santuario, mientras en la explanada se expandía el poblado, vascón, celtíbero, o lo que fuera. El voluntario nos muestra otra cata superior, ahora cerrada, donde se hallaron los cimientos de una vivienda, y los huesos de un bebé perinatal en el subsuelo, costumbre que en algunos sitios ha perdurado siglos. La excavación de este último verano descubrió igualmente una vivienda, de cuyo entorno se han extraído vasijas de cerámica, molinos de piedra y restos de animales de consumo.También en las labores del cercano castillo se encontraron un denario de la ceca de Sekobirikes y un as de la ceca Arsaos, entre los siglos II y I a.C.

Atravesamos la explanada y subimos el repecho, que era una defensa o foso natural, hasta el plano del castillo de Irulegi. Sobre las bellas ruinas recuperadas, hay dos mujeres jóvenes tomando el sol. El castillo amurallado tiene una planta rectangular de 39 m de largo y 15 de ancho y ocupa una superficie aproximada de 460 metros cuadrados. Lo rodean dos cinturones de fosos, menos por el norte, donde el precipicio es  el foso mejor. Cuatro torres semicirculares en las cuatro esquinas, abiertas en saeteras, flanquean una central, cuadrangular, con los mejores sillares de la construcción, de dos o tres plantas, alguna de ellas seguramete de madera, coronada de un garitón o cadalso, además de la bodega subterrránea. A la que se le añadió, andando el tiempo, una estructura triangular en el centro del muro sur, bajo la torre mayor. Bien reconocibles son el aljibe o cisterna, con el suelo de lajas; el patio de armas, y las dos capillas. La forteleza fue reparada en cuatro ocasiones, entre 1285 y 1371. Hay mucha documentación sobre la misma. No se sabe de luchas o batallas relevantes en torno a ella.

Sitio estratégico en verdad para ver, observar, vigilar y controlar Pamplona y su Cuenca, así como las Cuencas de Urroz y Aoiz, en la Edad de Hierro, en la Edad Media y también en nuestros días, aunque ahora, y ya sin posibilidad de control, con menos miedo y sin afán alguna de dominio. Otra montañera, que acaba de subir después de terminar el trabajo, comparte con nosotros la admiración por la belleza de la tarde y del lugar. Esta tarde soleada de noviembre, cae la antepenúltima luz otoñal sobre las sernas de cereal, ocres, terrosas o verdoyas, de los valles de Aranguren, Lizoain e Izagaondoa. A lo lejos, cegados de sol, el Perdón, la Sierra de Sarbil, Beriain y la cordillera de Andía…. Más lejos aún, por el nordeste, el arco montano desde el Saioa hasta los Pirineos aragoneses, aún sin nieve: Adi, Larrogain, Corona, Lakarri, Baigura, Ortzanzurieta, Elke, Pausaran…

Rebrilla ahí abajo el vaso de Zolina, casi un lago desde aqui. Serpentea, casi sin ser visto, el Sadar, hijo también de Aranguren. Por el lado del precipicio, arraigan ahí cerca Lerruz y Yelz: por esas laderas subí yo con mi amigo Felix, hasta las casetas de los palomeros. En frente, pueblecitos de escaparate: Mendioroz, Uroz, Redín, Lizoain…, este último siempre de actualidad, quién lo diría, por sus terremotos. Un poco más a la derecha, los altos depósitos de Aoiz y un tramo del Canal de Navarra.

Por el este, ya más sombrío, el placentero valle de Izagaondoa: el macizo de Izaga siempre como centro, referencia, señal, totem. Hermoso y placentero valle, sin río, pero con varios regatos, como el Monte, que desemboca en el Erro, y el Turrillas, que da en el Irati. Alargado desde el apretado Idoate hasta Turrillas, y desde el holgado Lizarraga hasta Indurain. Luego los veremos, al pasar, con sus lucecitas encendidas: Artaiz, Zuazu, Reta, Ardanaz… Enfrente, sobre el Señorío despoblado de Mendinueta, el monte Leguin, con las ruinas del famoso castillo, del que nadie se acuerda.

Y allí, alto, apenas una manchita blancuzca, la ermita de San Miguel  de Izaga (ex santuario del alado dios Mercurio), protectores de caminos  y de caminantes, a los que querían y necesitaban controlar, o defenderse de ellos, o las dos cosas, en uno y otro tiempo, los oppida, los castros, los castillos…