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Virgo et Mater

 

                Carrión de los Condes es un pequeño e histórico municipio palentino, de 2035 habitantes, en Tierra de Campos, a orillas del río Carrión. Sobre su principal joya, el monasterio de San Zoilo, ya hablé en una de mis anteriores entregas. Lugar importante en el Camino de Santiago, tiene otras seis iglesias, una de las cuales, Santa María del Camino, románica del siglo XII, Bien de interés cultural, es sede de la segunda etapa de las Edades del Hombre de este año, en su 25ª edición.

Los artistas plásticos cristianos han representado con predilección la Anunciación del ángel a Nuestra Señora y el misterio nuclear de la Encarnación del Verbo, inspirados en el texto evangélico de Lucas. Tal es el caso del ánónimo grupo pétreo del siglo XIV, del ángel Gabriel y María, hoy en el Museo catedralicio de Zamora. O la tabla, también anónima, siglo XV, del Museo Lázaro Galdeano, donde el ángel arrodillado sorprende a María, arrodillada sobre un reclinatorio, mientras lee el Libro de las Horas. El búcaro de las tres flores significa en todos estos cuadros la virginidad de la Madre en los tres períodos antes, en y después del parto. El alto relieve de Alonso Berruguete, s. XV, de la iglesia vallisoletana de Santiago, de un airoso movimiento, nos muestra la extrañeza de la Virgen que se vuelve ante el vuelo del ángel que le canta el mensaje; el tálamo nupcial al fondo alude a la maternidad virginal de María. En el lienzo, solemne y atemporal, de Gregorio Martínez, de finales del XVI, procedente del Museo Nacional de Escultura, el ángel en pleno vuelo, se dirige a María, confusa y sorprendida, mientras el Espíritu Santo, en forma de la paloma bíblica, baja hacia ella.

En la misma iglesia de Santa María, varios autores, antiguos y modernos, presentan a María como nueva Eva y como la última y suprema de todas las mujeres del AT que la prefiguraron: Sara, Débora, Rut, Judit, Esther… Y dan figura y relieve a episodios de los evangelios apócrifos y reflexiones de autores piadosos sobre la concepción de María y otras supuestas escenas de su vida: Pedro de Salamanca, Felipe Bigarny, Pascual de Mena, Luca Giordano, Juan de Roelas… A las que se añaden las más conocidas Inmaculadas, esculpidas o pintadas, de Gregorio Fernández, Pedro de Mena, Juan de Roelas, Domingo Martínez, Mariano Salvador Maella, e Isabel Guerra (2005), cuyo esplendente óleo sobre lienzo, solicitado por la Conferencia Episcopal Española, luce en la catedral de Madrid.

El arte sobre la maternidad virginal de María, segunda parte de la segunda etapa en Carrión de los Condes, se muestra en la iglesia románica (s. XIII) de Santiago, del mismo municipio.

La tabla de Pedro Brerruguete, conservada en la Museo diocesano de Palencia, representa el momento previo de los imaginados desposorios de María y José en el templo de Jerusalén. El mismo tema elabora Bigarny, en torno a 1530, para la iglesia burgalesa de San Gil. El taller del Maestro Alejo pinta la escena de la Visitación de María a su prima Santa Isabel, c. 1490, destinada a la iglesia del Salvador de Monzón de Campos. Pero la cumbre de la iconografía mariana, llega, igual que en toda la cristiandad, con la figuración de María expectante (Virgen de la O) y de la Virgen-Madre en Belén, así como en todas las escenas narradas por el protoevangelio de Mateo  y Lucas, desde el nacimiento hasta la adoración de los Magos y aun hasta los primeros años de Jesús. Y aqui no podía ser menos: Fernando Gallego, Gregorio Fernández, Hans Memling, Gil de Siloé, Juan Rodríguez, Jacques Bernal, Juan de Juani, Alonso Cano, Alejo de Vahia, Felipe Bigarny, Esteban de Rueda…, y otros anónimo nos dejaron algunas de sus mejores obras para el inmenso retablo navideño, uno de los capítulos más gloriosos del arte sacro mundial.

Majestas Domini. Majestas Mariae

 

          Junto a la Exposición sobre las catedrales, de las que un día hablé, en el claustro y estancias aledañas de la catedral de Burgos, se expone la primera parte de la muestra de las Edades del Hombre, dedicada este año a la Virgen Santa María.

Las catedrales católicas se construyeron para mostrar y exaltar ante todo la gloria de Cristo y de María su madre, trasunto de la gloria celeste. Las imágenes de Cristo Pantocrator o del Cristo Juez en las postrimerías del mundo, o el Cristo crucificado al final de su pasión son imágenes repetidas tanto en la tradición iconográfica románica como gótica y presiden habitualmente el programa escultórico de las catedrales.

Pero, a la vez, a  Santa María se dedican la mayoría de los templos catedralicios, bajo varias advocaciones, entre las que sobresalen la de Madre de Dios y la Asunción a los cielos. Las imágenes clásicas como Sedes Sapientiae (Madre de la Sabiduría), o  Madre del Niño, o Asunta por Dios, entre ángeles del cielo, presiden altares, presbiterios y retablos mayores. A muchas de estas imágenes, como a otras de Cristo, se les atribuyen favores y milagros, y fueron o son sus altares destinos de visitas, viajes y peregrinaciones de devotos y peregrinos desde  lugares cercanos y lejanos, en días concretos del calendario.

En la Esposición de la catedral de Burgos, la imagen más antigua de todas (1200) es la de Santa María de Toledo, o Virgen del Tesoro, chapeada de plata repujada y dorada sobre madera tallada, encarnada y dorada, procedente de la catedral de Toledo. Las más numerosas son las representadas como Sedes Sapientiae, con el Niño sobre las rodillas, o como Madres con el Niño en brazos. Así la Virgen con el Niño, que preside la capilla de Santa  Catalina de la catedral de Burgos. O Nuestra Señora la Blanca, de la catedral de Astorga. O la deliciosa, esta vez sin corona, anque también sin brazo derecho, Nuestra Señora de la Consolación, qe tiene su sede en el claustro de la catedral de León, las tres de finales del XIII. O Santa María de la Sede o Virgen del Pajarito, del siglo XIV, casi una niña con su hijo crecidito en el brazo izquierdo,  toda de piedra arenisca, procedente de la catedral de Salamanca. Todas, de autor anónimo. Más otras, similares, provenientes de las catedrales de Ávila, Burgo de Osma, Plasencia, Valencia y Vitoria.

Medio siglo de la Teología de la Liberación

 

                 La Teología de la Liberación -TL-, gestada en la periferia de la Iglesia y de la sociedad, que mira a liberar la teología de una tradicional ideología, convirtió el concepto-palabra de liberación en una óptica fundante de la teología. Pero tan nueva teología presupone la experiencia de Dios en los pobres por parte de los teólogos. Es decir, la vida de la comunidad eclesial, que ha hecho esa  arriessgada  y generosa opción, es el lugar natural de esa teología, precede a esa teología. Es la experiencia de esas comunidades  eclesiales la que da de pensar a esa teología. La TL es la reflexión sobre esas vivencias.

Han pasado cincuenta años desde la publicación  por el el teólogo peruano, hoy dominico, Gustavo Gutiérrez, 93 años, del libro Teología de la Liberación. Perspectivas, (Lima, 1971). Los principals valedores de la misma -Juan Pablo II llegó a rectificarse y a declararla no solo oportuna, sino útil y necesaria (1986)- estiman que, como todas las ciencias, tambiérn la teología, y con ella la TL, están desafiadas a  a refundarse en estos nuevos tiempos, en el orden social, epistemológico y religioso. El modelo metodológico de aquella asumió la epistemología de la praxis, privilegiando la dimensión política, solo una parte de la compleja experiencia humano religiosa, dejando fuera amplias zonas de la misma.

Por otra parte, ¿qué ciudadanos europeos o residentes en los países ricos de América, Asia y Oceanía, piensan que su sociedad es una sociedad de vencidos; una sociedad de crucificados; una sociedad fundada en la injusticia institucionalizada; un contexto de violencia sistémica, como repiten los fundadores de la TL y algunos de sus actuales valedores?

El Dios de Carmen Laforet

 

             Carmen Laforet Díaz, de padre catalán y madre toledana, nació en Barcelona en 1921 -estamos , pues, en su centenario- y murió en Majadahonda, tras un penoso y largo Altzheimer, en 2004. En 1944 ganó el primer premio Nadal de novela, con Nada, uno de los libros más leídos de la litetatura española. Casada con el escritor Manuel Cerezales, del que se separó en 1970, y madre de cinco hijos, tres de ellos escritores, escribió otras cuatro novelas largas, once novelas cortas y relatos, y cinco libros más de viajes y correspondencia, uno de ellos con las cartas cruzadas con el novelistas  español Ramón J. Sender. Nacida en una familia católica tradicional, y, abandonada después toda práctica religiosa, ella misma afirma que en 1951 se convirtiió a la fe católica, en cuyo proceso tuvo mucho que ver el ejemplo y la amistad de Lilí Álvarez, la famosa escritora y tenista madrileña. Su tercera novela Una mujer nueva (premio nacional de Literatura, 1955) es la recreación de ese cambio espiritual.

Me ha sucedido algo milagroso, inexplicable, imposible de comprender para quien no lo haya sentido y que, sin embargo, tengo absolutamente la obligación de contar a los que quiero…(…) Sé que no se puede comprender, porque yo no lo comprendo. Y no sé por qué a mí, a mí, me ha sucedido. (…) Dios me ha cogido por los cabellos y me ha sumergido en su misma Esencia. Ya no es que ho haya dificultad para creer, para entender lo inexpresable. (…) Es que no se puede no creer.

Es una llamada, una hoguera, un deslumbramiento, una claridad de maravilla. Es como si se abrieran dentro de mi las puertas de la Eternidad.

A veces siento Su Presencia y otras no, pero Él está en mí. El Espíritu Santo, al que yo tanto he invocado, ha  atendido mis súplicas.

Este no es un movimiento sin sentido, que, si es difícil seguirlo, cada paso que se da hacia él está colmado de la única alegría verdadera y posible, y que hacia esa Alegría, Luz y Felicidad se les llama.

Yo te pago. Tú me votas

 

        Viendo cómo se han preparado este año los presupuestos generales del Estado, los encuentros y encontronazos entre el PSOE de Sánchez y PODEMOS; las espórtulas prometidas a los jóvenes en forma de bonos para el alquiler de vivienda y para cultura, durante dos años, el tiempo que falta paa las elecciones, y, teniendo en cuenta las malas e imprescindibles compañías de BILDU, ERC, PNV…, que pedirán el oro y el moro, el fuero y el huevo, haciendo subir a la estratoesfera el déficit y la deuda, ya gigantesca, es difícil encontrar un precedente más electoralista en todo elperíodo de la democracia en España.

En definitiva, YO  TE PAGO, TÚ ME VOTAS.

Los mártires católicos españoles y la nueva Memoria Democrática

 

          El Gobierno va a aprobar próximamente una normativa buscando la reparación integral de las víctimas de la Guera Civil y de la Dictadura, reconociendo también a las personas que sufrieron persecución o violencia por creencias religiosas. Como era de suponer, esta vez de nuevo el Gobierno juega con ventaja: olvida o quiere olvidar las víctimas de la sangrienta insurrección de octubre de 1934, de todas las insurrecciones anarquistas desde 1931 a 1934 y de mil actos de violencia anteriores al 18 dejulio de 1936.

En el título preliminar del anteproyecto, aprobado por el Consejo de Ministros el último 15 de septiembre, se escribe que es objeto de la ley el reconocimiento de quienes padecieron persecución o violencia, por razones políticas, ideológicas, de conciencia o creencia religiosa, de orientación e identidad sexual en ese tiempo. Podrán así ser reconocidos a títuo personal los católicos perseguidos y asesinados por su fe, pero no la I glesia como institución, ya que solo se incluye en tal reconocimiento a los partidos políticos, sindicatos, minorías étnicas, asociaciones feministas de mujeres, instituciones educativas y agrupaciones culturales represaliadas por la Dictadura. ¡Como si muchos de esos católicos perseguidos y  hasta asesinados no lo hubieran sido solamente por pertenecer a  la Iglesia católica!

Según un censo oficial, conservado en el Santuario de la Gran promesa de Valladolid, 4.352 prelados, sacerdotes y seminaristas, y 2.514 religiosos y religiosas, a los que hay que añadir unos 3.000 seglares, fueron asesinados en ese tiempo. En  toda la historia de la Iglesia universal-escribe el obispo Antonio Montero, el primer biógrafo de la persecución religiosa en España- no hay un solo precedente, ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en poco más de un semestre, de doce obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil religiosos.

Zamora, Toro, Simancas…

 

            Volvemos a la autovía de la Plata y llegamos a Zamora. Es un día soleado y fresco, como los días anteriores en Salamanca. Subimos a la ciudad alta  amurallada: la bien cercada sobre la peña tajada. La plaza Viriato bulle de mercadillo dominguero. En la terraza sobre el Duero del renacentista parador Condes de Alba y Aliste tomamos un café, y desde allí deambulamos hasta el castillo y la catedral, deteniéndonos en todas las iglesitas románicas que nos van saliendo al paso. Están abiertas y atendidas con motivo del Año Jubilar zamorano, que conmemora el IX Centenario de  la restitución de la sede diocesana (1121), tras ser arrasada por Almanzor. Qué nueva y limpia está Zamora, llena de museos y edificios modernísimos, desde que la ví, cuando vine a verla desde Simancas, hace once años. Qué delicia andar por la Rúa de los Francos y llegar a la inmensa explanada sobre el Duero, que estalla al sol de historia patria y de arte supremo.

Al volver, vamos siguiendo el mirador sobre el río y sus puentes, uno de los miradores más bellos de España. En uno de esos miradores veo señalada la Ruta de Claudio Rodríguez, el excelso poeta zamorano en esta tierra de poetas:

         Tú, a quien estoy oyendo igual que entonces / tú, río de mi t ierra, tú, río Duradero…

En una de las paredes aledañas hay colgada una antología de poetas zamoranos, entre ellos, Claudio, que canta a su ciudad del alma, y otros, bien conocidos, como Agustín García Calvo.

Vamos a comer a Toro (¿Campus Gothorum?), la segunda ciudad de la provincia, conjunto histórico -artístico, riquísima también en patrimonio -alcázar, colegiata, iglesias, conventos, palacios, casonas…-, asomada también sobre el Duero y embrujada asimismo por él.

A  media tarde, hacemos una última parada en Simancas, la Septimanca romana en tierra de los vacceos, en la campiña del Pisuerga. Aquella posterior fortaleza árabe, convertida en castillo de los almirantes de Castilla, los Enríquez, fue luego prisión real, y desde Felipe II, Archivo General del Reino. En esa Torre del obispo, que visité cuando estudié en sus pupitres, fue colgado el obispo de Zamora y comunero, Antonio de Acuña, que poco antes luchó en Navarra al servicio del emperador. No fue ejecutado inmediatamente, como sus amigos, Padilla, Bravo y Maldonado, pero fue encerrado en Simancas: no se arrepintió, sino que estranguló al alcaide de la fortaleza y fue  muerto a garrote vil.  Subimos hasta la plaza del pueblo, por calles estrechas y sinuosas, para ver los 17 arcos, con tajamares y contrapilares, del puente medieval montado sobre la vieja calzada romana Ausgustaemerita-Caesaraugusta para atravesar el Pisuerga. 

Este municipio, famoso por su archivo nacional, por el obispo colgado, por las batallas contra Abderramán en 939 y contra Napoleón en 1812, ha más que doblado su población en unos pocos años, gracias a su cercanía a la capital, Valladolid, y a unas urbanizaciones cercanas y confortables, lejos de sus empinadas y ariscas calles medievales.

 

Por Salamanca (y III)

 

          La mañana del sábado, subo por la Cuesta de Carvajal y me detengo en la Salmantica Sedes Antiqua Castrorum, abierta frente a la Cueva de Salamanca, hace solo dos años, tras el descubrimiento de una gran muralla (32 x 3´5-7 m.), del siglo IV a. C., endosada parcialmente a la Cerca Vieja medieval, con la que casi coincide. Era la muralla que defendía el castro vacceo, tras el traslado de sus pobladores desde el actual Cerro de San Vicente hasta el teso de las catedrales, en cuya ladera nos encontramos. La imponente muralla, las cerámicas céltíberas encontradas y los paneles de los poblados vacceos y vetones de la Provincia ocupan el pequeño  y muy incitante espacio subterráneo abierto a ras de calle. Hasta aqui llegó Aníbal en su incursión del año 220 a. C. Vacceos y vetones, al norte y sur del Tormes, hicieron a los salmantinos mestizos de dos culturas.

Pasado el Patio Chico y llegado a la explanada de las catedrales, frente al antiguo palacio episcopal y hoy museo diocesano,, la gente se arremolina en torno a un coche de época, de donde salen una novia vestida de blanco con su padrino. A la puerta catedalicia los esperan, haciendo un pasillo de honor, unos cuantos policías nacionales y guardias civiles, con uniformes de gala. Ayer los encontré saliendo de San Esteban, en la fiesta de los Ángeles custodios, y hoy los encuentro aqui en una boda, supongo, de personas del Cuerpo. Visto  lo cual, y suponiendo que las visitas turísticas no serán posibles en un buen rato, sigo hasta la Universidad. Antes me detengo en el antiguo rectorado, hoy Museo de Miguel de Unamuno, donde un buen día me recibió su hija  Teresa, entonces directora del Museo. Veo con gusto que la rectoral parra de los versos del rector salmantino, ahora sosteniendo uvas negras, ocupa no dos, sino tres de los balcones del segundo piso.

Tras saludar a la estatua de fray Luis de León, que mira compasivo a los cientos de turistas, que, delante de él, andan buscando las  ranas de la fachada plateresca, entro en el Patio de las Escuelas Mayores, y voy visitándolas una por una, volviendo a leer las inscripciones de las numerosas placas fijadas en sus muros, o directamente las leyendas en los muros mismos. Leo con emoción la laude a mi viejo y admirado amigo alavés Lamberto de Echeverría, doctor in utroque y por muchos años capellán de la capilla contigua. Viendo la mayoría de estas placas, que expresan la gratitud y admiración por la universidad salmantina de una variadísima multitud de ex estudiantes hispanoamericanos, me apena recordar la incesante destrucción de esculturas, monumentos, nombres de calles y de instituciones en honor de los descubridores, reyes, misioneros… en  toda América. ¿Vendrán también hasta aquí a arrancar estas placas, estos textos, estos preciosos testimonios de sus antecesores ?

Por la tarde, visitamos Alba de Tormes, al oeste del Campo Charro y capital de Tierra de Alba. Entramos por el largo puente de piedras sobre el Duero, reconstruido sobre el puente romano de la calzada de la Plata. La pequeña villa se extiende entre el río y el alto torreón del castillo de los Alba. Ahí sigue sin terminar la ingente basílica dedicada a la santa, en un empeño faraónico de los siglos XIX y XX. Hasta que no subimos a la plaza de Santa Teresa, toda ella teresiana, no nos reconciliamos con el lugar. Aqui fundó Teresa de Ávila el convento reformado en 1571, cuando vivía en Alba su hermana Juana de Ahumada casada con Juan de Ovalle, y aqui murió, el 4 de octubre de 1582 tras acudir, llamada por la duquesa de Alba, para que acompañara a su hija en el parto.

Nos detenemos en la iglesia carmelitana (siglo XVI), que, en el IV centenario de la muerte de la santa, visité con mi madre, gran devota y lectora suya. Tiene en el retablo mayor la urna con sus  restos, y el corazón y un brazo en sendas urnas laterales. No me gustan estos troceamientos de los cadáveres, propios de otros  tiempos, pero los respeto, claro. Tras recorrer una pequeña galería de recuerdos y el cuartito, tan sofisticado, donde murió Santa Teresa, vamos al nuevo Museo Carmelitano, cerca del convento. Un museo sorprendente, rico en pinturas, esculturas, orfebrería, ornamentos… y regido por unas jóvenes encantadoras.

Participamos después en la misa dominical en la iglesia de San Juan, que hace las veces de parroquia, por encontrarse en obras la titular de San Pedro. De las siete iglesias del lugar, la de San Juan es la más hermosa: románica-mudéjar del XII, y monumento nacional. Si espléndido es el Calvario del altar mayor, tanto o más es el apostolado, de piedra arenisca y policromado, joya del románico español. A los que hay que añadir un crucificado del XVI y un cuadro de Cristo atado a la columna, de Juan sde Juanes, atribuido durante mucho tiempo a Luis de Morales.

Lo miremos por donde lo miremos –nos dice el organista, que se acerca a nosotros-, siempre nos mira él.

Por Salamanca (II)

 

            Al día siguiente, paseo por parajes conocidos. En mis muchas estancias de estudio en Salamanca, no dejé monumento que visitar ni rincón en que adentrame. Ahora revivo aquellas experiencias, con mayor placer todavía, o visito lo que entonces era incógnito, o estaba en obras, o cerrado al público todavía.

Torre del Clavero, con sus ocho garitones. Palacio de la Salina, sede de la Diputación provincial, estupenda fachada y mejor patio, con sus clásicos medallones y enormes mensulones. Plaza de Colón y su estatua. Iglesia de la Trinidad, del primitivo convento de los Trinitarios, con estancias laterales hoy integradas  en el nuevo y reluciente complejo dedicado a la administración de Justicia. Torre de Abrantes. Por vez primera paso del patio exterior de Las Dueñas (Dominicas). Compro pastas, amarguitos y bocaditos de la tienda de abajo, siempre muy concurrida; recorro el pequeño y exquisito museo de los tres conventos, el local, el de Lejona y el de Valladolid, hoy reunidos aquí, y me quedo embelesado en el excepcional claustro plateresco de dos pisos en torno al jardín interior, lleno de rosales y de otras plantas de adorno, con un ciprés que aguanta la comparación con el de Silos.

Qué derroche de variedad, imaginación y finura en ménsulas, capiteles, arcos, medallones, frisos… Juan de Álava, fray Matías de Santiago, Juan Gil, Rodrigo Gil de Hontañón, Pedro de Ibarra… solían ser los artífices, junto con  Juan Ribero o Pedro Gutiérrez, de estas maravillas, de las de San Esteban, Monterrey, Salina  o fachada de la catedral nueva, sin que sepamos a veces  la contribución concreta de cada uno en cada una de la obras. Cuando termino de recorrer la cuarta crujía, me gritan desde abajo que ya es la hora de cerrar. Varios turistas extranjeros se han dejado esta mañana medio cuello como yo en estas galerías.

Por la tarde, visito reposadamente la iglesia y el convento de los dominicos, que tanto me gustaron la vez anterior. Continúan emocionándome la Antigua Sala Capitular, con las tumbas de los grandes frailes teólogos, juristas e historiadores del XVI y del XX,  y las galerías altas del claustro, una continua evocación de los misioneros dominicos en América: Por derecho natural, nadie es más que nadie… La libertad equivalente a la vida… No es causa  justa de guerra el deseo de ensanchar el imperio…

Ya en la tarde-noche del viernes, callejeamos por el barrio de las catedrales, luminoso, bullicioso y cosmopolita. Rúa mayor hasta la Clerecía. Para volver por la calle Gibraltar -que un alcalde humorista hizo llamar  oficialmente como del Expolio durante algunos años-, recordando las muchas horas que pasé en ese antiguo Hospicio de San Ambrosio, etonces Museo de la Masonería y de la Guerra Civil y ahora de la Memoria Histórica (¿Memoria? No, ¡Historia!) Y entrar en el Huerto de Calixto y Melibea, embrujado de luz, sombras, flores, árboles y nostalgias.  Y bajar a la Cueva de Salamanca, literalizada por Cervantes y evocadora de aquel trueno de hombre, salmantino famoso, estruendoso y polivalente donde los haya: matemático, profesor universitario, poeta, escritor satírico, biógrafo, astrólogo, ermitaño, bailarin, alquimista, soldado, torero, estudiante de medicina, subdiácono, diácono, sacerdote, curandero, adivino, desterrado varias veces, regalado por la duquesa de Alba… Diego Torres de Villarroel.

 

Por Salamanca (I)

 

                Un evento imprevisto, en el que tengo una mínima participación y responsabilidad, me lleva, gozosamente, a revivir algunas de mis vivencias en Salamanca, patrimonio cultural de la Humanidad. Aprovecho todos los intersticios temporales, que son muchos, para volver a ciertos espacios predilectos, monumentos de historia y de belleza.

En el vieje de ida, nos paramos en Torquemada, nombre sugerente y fin obligado de etapa, a donde se entra por un majestuoso puente, del siglo XVI, con 25 ojos sobre el Pisuerga, que acaba de recibir al Arlanza.  Tiene el pueblo poco que ver con el inquisidor y sí mucho con la reina Juana I de Castilla, que aquí dio a luz a su hija pequeña Catalina, después reina de Portugal, cuando acompañaba el cadáver de su marido, Felipe I de Castilla -Felipe el Hermoso-, camino del panteón real de Granada. Una fina escultura  con el busto de la princesa, delante del iglesión de Santa Eulalia (s.XV), lo recuerda. Torquemada tiene un barrio de bodegas subterráneas, como otros pueblos de la comarca vinícola del Cerrato -cerros, oteros, alcores-; una calle llamada de las Hermosas, y una ermita románica ajardinada, recientemente restaurada, Santa Cruz de Cerrato (s. XII).  No mucho después, ya en la comarca vallisoletana de Tierra del vino, comemos, a orillas del Duero, frente a  la coronada, real y nobilísima ciudad de Tordesillas, que conocemos mejor, frente a las torres-veleros de Santa María, de San Pedro, Santiago, San Antolín y Santa Clara. Aqui el puente que cruza el río tiene diez ojos, están arreglándolo y se dejan ver dos grandes ruedas de molino en el extremo sur.

Ya en Salamanca, la primera tarde-noche, damos una vuelta por los alrededores y nos atrae la luz que inunda la fachada de San Esteban, iglesia y convento históricos de los dominicos españoles de la Edad de Oro. La puerta de la iglesia esta abierta y nos asomamos a la cosecha vendimial del retablo de Churriguera. Pasamos junto a la escultura que la ciudad dedica a fray Francisco de Vitoria, nacido en Burgos de familia vitoriana, y bajamos hacia la cerca vieja, que deja ver, a la luz de los focos, sus recias rocas fundantes, que sostienen las murallas medievales, las nuevas y altas viviendas de lujo, el huerto de Calixto y Melibea, el  museo de Art Nouveau y Art Dèco, el archivo de la Memoria histórica… Seguimos hasta el puente sobre el Tormes, desde donde la gente hace fotos a la torre y a la cúpula de la catedral nueva, iluminada de noche como un ángel de luz. ¿Cómo no recordar aquí a  «Lazaro de Tormes», nacido en una de sus aceñas, si está ahí el verraco contra el que le aplastó la cara el ciego y, cerca, la escultura conjunta de Agustín Padilla, que los esculpió en alegre compaña? Aquel coscorrón pétreo no se le olvidó a Lázaro, que le devolvió, y al cuadrado, a su amo en el lance del arroyo y el pilar, que acabó con su aventura común.

Volvemos dando un pequeño rodeo, pasamos frente a la Fundación del gran escultor salmantino Venancio Blanco, director que fue de la Academia de Roma; admiramos el monumento a de San Juan de la Cruz,  de Fernando Mayoral, y nos quedamos fascinados de nuevo frente a la fachada-retabo de San Esteban, ese mapa celeste-terrestre dominicano, ese arco de triunfo plateresco, todo ahora de plata dorada…