Hace muchos días que, por el mal tiempo en los fines de semana, viajes o motivos personales, no salimos al campo ni recorremos los castros que nos quedan por visitar. Queriendo buscar un recorrido medio y, además, echar una ojeada a otros castros próximos, elegimos repetir la subida a Gasteluzar-Irurbe, un castro ya conocido del Hierro Antiguo-Final, en el término de Solchaga (Olóriz), a 752 metros de altitud.
Entramos por Mendíbil, pueblo muy cuidado y renovado, lleno de golondrinas y de gorriones, y de allí entre encinas y campos de alholva, llegamos en un periquete a Solchaga, que atravesamos de sur a norte, y dejamos el coche en el cabo occidental del próximo encinar-carrascal, donde se abren tres camino, dos a los lados y uno en el centro. Para subir a la cumbre este es el mejor, bueno para subir y peor para bajar por el suelo cascajoso en muchos tramos, y demasiado expuesto al sol de este imprevisto veranillo, porque el encimar-carrascal no da sombra.
Vamos acompañados, todo el camino, por las innumerables correhuelas malvas; las abundantes azulinas o linos azules, y los linos blancos, que florecen en corros; algunas centaureas; corazoncillos; botones de oro; margaritas; ulmarias; jazmines amarillos; las primeras flores de los viburnos, y muchas madreselvas en plena floración, trepando a veces por las encinas y carrascas, En los extremos del prieto encinar-carrascal crecen muchos enebros, con las bayas moradas colgantes; muchas aliagas; muchos rodales de brecina; algunos tomillos; colas de zorra; bromos…
Vamos viendo por algunos huecos del bosque la estampa próxima Solchaga y la más apartada de Oricin; luego Olóriz, monumento al silencio y a la calma; allí lejos, enfrente, el podium o pueyo de Pueyo, y a su espalda, la parte alta de Tafalla, con el castro cimero de Santa Bárbara.
Al llegar a la cima y, poco antes del centro del castro, que coincide con el espacio de la ermita de Santa Cruz -a cuya romería asistí en su día, y describí en junio de hace dos años- nos detenemos a contemplar algunos trozos de muro del primer foso que defiende el fortín, de una superficie menor de 8.500 metros, pero de una muy compacta infraestructura defensiva, hoy cubierta totalmente por el bosque. En la campa debajo de la ermita quedan los restos de la última romería: cascotes de obra de construcción como asientos y una especie de tenderete con una tabla horizontal, que sirvió seguramente de altar en la celebración de la misa. Ninguna suciedad.
Bajamos, los primeros metros, por un alcorce más cómodo, desde donde vemos los molinos eólicos de la zona, y hasta la ermita de San Martín, otro castro, de Añorbe. Y volvemos luego al camino principal.
En la Sociedad de Solchaga, unos jóvenes amables sacian nuestra sed vendiéndonos una botella de cerveza y otra de cerveza con limón. Dios mío qué cansancio y qué sudor… Y qué alivio bajo esa media docena de acacias…