No la paz, sino la espada
(Mt 10, 34-35 – Lc 12,51-53)
Mateo y Lucas beben de nuevo aquí
de la Fuente de los dichos de Jesús:
No penséis que he venido a traer paz a la tierra.
No he venido a traer paz, sino espada, dice Mateo.
Lucas, más retórico, lo afirma en forma de pregunta,
y a la espada llama división.
Jesús, al parecer, tiene presente al profeta Miqueas,
que describe la crisis familiar del tiempo postexílico,
un tanto parecida a la crisis de su tiempo:
¡No os fiéis del vecino! ¡Ni confiéis en el amigo!
Ante la que yace en tu seno ¡guarda la puerta de tu boca!
Porque el hijo piensa que el padre es un imbécil,
la hija se alza contra su madre,
la nuera contra a suegra.
Los enemigos de cada cual son los de su propia casa.
Mateo copia a la letra el ultimo verso.
División en todas partes, que Jesús se atribuye a sí mismo.
Vino para unir al pueblo bajo el gobierno de Dios:
pecadores y justos, indigentes y ricos,
judíos y paganos…
y encontró una amarga oposición.
Pero él vino también a dividir a las gentes
con la espada cortante de la propia decisión
a favor o en contra del reino de Dios que predicaba.
Y el tajo llegó a la misma familia,
hasta la misma alcoba conyugal.
Nadie puede servir a dos señores, dijo una vez.
Y más todavía: Quien ama a su padre y a su madre
más que a mí, no es digno de mí.
Él mismo provocó esa esencial separación:
por él o contra él. Sin condiciones.