Por fin llegó la primavera: un sol templado, un cierzo templado, una playa rural rozagante de herbales crecidos en el somontano de Los Arcos, y radiantes todas las flores de abril: las margaritas, los astrágalos, los geranios silvestres, los conejitos, las beliardas, las mostazas negras y blancas, los ranúnculos, las achicorias silvestres y las amargas…
Nunca, yendo por la carretera de Sesma, habíamos visto por encima del pinar la espadaña y el medio cuerpo de la ermita-iglesia de Santa María de Almuza, a ocho kilómetros de la villa. Y cuando llegamos a sus pies, vemos a primera vista el morro norte de la pequeña cordillera que la acoge en su ladera oriental, sobre el barranco La Reca (¿Erreka?), entre acacias, y la vecina balsa, cercada de altos carrizos, y llena en estas fechas. Toda la estructura del castro prerromano está ante nuestros ojos.
Los farallones rocosos caen a pico al norte y al oeste, y son evidentes los tres fosos del flanco oriental, mucho más vulnerable, seguramente defendidos por murallas, recubiertos ahora de suave vegetación. Con una altitud de 479 metros de altura y superficie de 10.600 metros cuadrados, fue descubierto en 1978 por el sesmero Jesús María Bea y otros dos compañeros, y estudiado luego por Castiella, Bea y, después, Armendáriz. Habitado desde el neolítico final hasta tiempo romanos y también en la Edad Media, se encontraron en sus espacios desde toda una industria de láminas en sílex hasta la mejor colección en Navarra de utensilios de tipo campaniforme del Bronce medio y final; además de vasos manufacturados y torneados junto a molinos del Hierro, así como monedas y cerámicas romanas y medievales.
Los pobladores neolíticos abandonaron el yacimiento en el tercer milenio antes de Cristo. A unos 400 metros al este del poblado se encontraron fondos de cabañas del final del Calcolítico e inicios del Bronce, y más adelante, en el término de Cogullos (con unos altirones en forma de cogullas), restos de casas aisladas del Bronce. Tal vez esos habitantes construyeron lo que después fue el actual castro de Almuza, el poblado de la Edad del Hierro. En tiempos romanos, la población bajó al llano.
El poblado medieval está documentado en los siglos XI-XIV, pero comenzó a poblarse al comienzo de nuestra Era. En el siglo XIV, el monasterio de Irache tenía allí fincas y casas. Se despobló a finales de ese siglo. Siglos después, fue término redondo dentro del condado de Lerín. Queda, muy reformada -su última reconstrucción fue en los noventa-, la abadía rural románico tardía (¿1200?) de Santa María, antigua parroquia. Tiene espadaña sin campana. La imagen titular se venera en la parroquia de Sesma. En el muro frontal hay una imagen pintada de la misma, y en cada una de las paredes hay pintados dos caballeros medievales a caballo y lanza en ristre. En 1979 las arqueólogas Amparo Castiella y María Amor Beguiristain fotografiaron un grafito y con esa fotografía borrosa el profesor Pablo Ozcáriz ha publicado un breve estudio comparando ese dibujo con otros encontrados por él en el monasterio de La Oliva y en otros lugares de España, sin que nos pueda dar una datación concreta.
Junto a la iglesia se conservan dos pozos, uno con agua, en cuyos pretiles nos sentamos un poco. En la mitad de la ladera hay dos hileras de acacias, que comienzan a verdear. Toda la parte llana está ocupada por fincas de cereales y un corral.
Como por la tarde queremos visitar el otro castro sesmero, en Los Cabezos, descubiertos por Armendariz, vamos a yantar y sestear en uno de los bancos de madera del pequeño prado de siega, escogido como lugar de descanso, cerca de Lodosa, junto al cercano Acueducto Romano, en la muga entre La Rioja y Navarra.
Visitando el castro contiguo de Lodosa, El Viso, al otro lado del Ebro, y viendo los tres cabezos de Sesma frente a nosotros, desafiantes, pensamos en escalarlos un día. Ya los tenemos cerca. Entramos por un camino cercano y vemos bien el primer cabezo, el más piramidal de los tres, en cuya cima se sitúa el castro. Los quads han desbrozado un camino directo y vertical, pero, ay, no podemos pasar el barranco La Pinilla, a 120 metros del mismo, que baja con mucha agua barrosa. Tomamos entonces el camino alto, que, entre muchos charcos, continúa hasta las fincas labradas al oeste de los picos. Pero el camino es largo, el barranco profundo y podemos estar perdiendo el tiempo. Hombre, al menos hemos admirado de cerca este espectáculo bardenero de arcillas y calizas en continua erosión, con derrumbe de piedras, pequeñas pirámides truncadas y juegos geométricos de tierras grises, terrosas y rojizas luchando por su permanencia en la altura.
Volvemos, cogemos el coche y remontamos hasta donde nace el barranco, entre un alto rodal de malvas en arbusto y un alto cardedal de cardos marianos; nunca los vi tan bellos, con esas rayas blancas interiores que dealban y suavizan su fiereza nativa. Por aquí sí podemos bajar quizás hasta el segundo de los cabezos, que en la cima tiene restos de un torre de señales, subsidiaria seguramente del castro por razones de visibilidad y de defensa. Y quizás subir desde ahí al poblado celtíbero, de 1.650 metros cuadrados, que conserva trozos de muralla en el flanco occidental, dos bancales artificiales y dejó rastros de su existencia en fragmentos de cerámicas manufacturadas y celtibéricas, así como un fragmento de molino de cereal.
Pero es demasiado tarde, incluso tras el cambio de hora , y se nos echaría la noche en la aventura.