Te traigo, Niño mío,
todos mis años
en el día festivo
-¿y un poco triste?-
del cumpleaños.
Todos los días
del calendario:
hojas caídas
de un viejo árbol.
Todos los meses
lunares y romanos.
Otoños, primaveras,
inviernos y veranos,
propicios, saludables,
nocivos o nefastos,
en esa rueda loca
del tiempo y del espacio.
Los ávidos alientos
y los quebrantos.
Los sueños rotos
y los intactos.
Las dulces esperanzas
y los miedos amargos.
Los cielos de los gozos
y los infiernos
de los espantos.
Los éxitos fugaces.
Los fugaces fracasos.
Porque todo es fugaz
en nuestro caso.
Mi infancia malherida.
Mi juventud
de empeños altos.
Mi madurez activa.
Y el umbral reflexivo
de mi próximo ocaso.
El amor, tan divino,
y el dolor tan humano.
Los soles de mi risa
Las lluvias de mi llanto.
Lo que soy. Lo que tengo.
Lo que ni soy ni alcanzo.
Lo que quiero y no puedo.
Lo que puedo y rechazo.
¿Qué más puedo traerte,
mi Niño santo,
que el regalo supremo
del cumpleaños?