Volviendo a Ortega (I)

 

                Como me inmergí en Valle Inclán hace unos meses, me inmerjo, estos días, en varios tomos de Ortega y Gasset, otro de mis autores predilectos, a propósito del diálogo entre creyentes, agnósticos y ateos, que me ha tocado estudiar para un trabajo concreto.

Sobre Ortega. comentador e intérprete de la nueva teología alemana, ya nos habló en España en 1980 el teólogo Olegario González de Cardedal, también de formación germánica. Había estudiado el filósofo madrileño en la universidad de Marburg, o  Marburgo, la pequeña ciudad alemana del Lahn (1905-1907), la primera que surge después de la Reforma protestante, como fruto espiritual de la inspiración luterana, en cuyo frontispicio campea el lema Antes que la Iglesia era la palabra. Por aquella facultad de teología pasan a finales del siglo XIX y comienzos del XX los célebres teólogos, filósofos o exégetas, como Harnack, Weiss, Herman, Otto, Heitmüller, Rade, Heiler, Biultmann, Schlier,  Tillich, Gadamer, Lövith, Bornkamm…

Estas generaciones de teólogos están detrás de muchas páginas de Ortega, como veremos. El primer autor español, que se percata de la profunda significación de la nueva corriente exégética de la Biblia es el mismo filósofo y escritor, que dedica un largo artículo a comentarlo, recogido en el tomo III de  sus OC.

En ese trabajo, titulado La forma como método histórico, describe el folleto del profesor Rudolf Bultmann, La investigación de los Evangelios Sinópticos, como un resumen admirable, de insólita claridad, del estado actual de la exégesis evangélica, tras un siglo de esfuerzo generoso. Y se pregunta por qué en España no se habla de estos temas tan sugestivos y conmovedores. Le parece injusto endilgar el atraso al catolicismo, a la Iglesia católica, una fuerza de vanguardia, donde  combaten mentes clarísimas, plenamente actuales y creadoras, sino al catolicismo español, como tal, haciendo votos, con frases bellísimas por la depuración fecunda del catolicismo y la perfección de España.

El filósofo español resume luego, siguiendo al gran historiador alemán Eduardo Meyer, la primera historia cristiana, y las dos grandes corrientes, en tiempos de Pablo, que animaron la primera cristiandad, procedentes, según unos y otros, de Grecia y del Oriente de Irán y Babilonia. Llegando al meollo exegético de la cuestión, Ortega lo sintetiza con tal lucidez y concisión, que sirve de guía casi completa para el lector culto de hoy mismo.

La clave está en separar la redacción de lo redactado: Los Evangelios, como las Epístolas y los libros de Hechos Apostólicos fueron en aquella fecunda época géneros literarios que, como tales, tenían una forma, una estructura predeterminada, dentro de la cual la materia de la historia de Jesús, de su vida y doctrina, era plasmada. Lo importante para nosotros, para el cristiano como para el historiador del Cristianismo, es esta materia. Si estudiamos las leyes que regían aquellas formas de redacción, aquellos «géneros» literarios, podemos restarlas del producto y aislar en su pureza la materia viva, eléctrica, conmovedora, de los «hechos» y «dichos» de Jesús.

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Vendrá la muerte a dejarme
sin aire, sin luz, sin voz.
Pero no podrá quitarme
los sueños del corazón.