Aunque me gusta mucho el fútbol, no vi ayer el partido de la Supercopa española, juzgado entre el Real Madrid y el Fútbol-Club Barcelona en Arabia. Por los mismos motivos por los que no vi el Mundial en Qatar.
El año pasado, 307 personas, saudíes y extranjeras, fueron ejecutadas. por ahorcamiento, decapitación y lapidación, en Arabia, el petroestado, que cultiva y propaga la esclavitud y el terrorismo wahabita, y niega la inmensa mayoría de los derechos del hombre proclamados por la Asamblea de las Naciones Unidas en 1948. Un 20 por ciento más que el año anterior. Por lo visto, las falsas razones por las que la Real Federación Española de Fútbol, justifica su presencia en tan tétrico como lucrativo lugar, aduciendo un supuesto proceso de democratización del régimen dictatorial y hierocrático, no son muy convincentes. Más convincentes son los millones de petrodólares que reciben tanto la Real Federación como los partidos que allí juegan. Como tantos deportistas, españoles y no españoles. futbolistas, tenistas, etc., que allí arriban para ganar veinte veces más que en España o en cualquier otro país.
Las falsas razones de que los partidos de fútbol jugados en Arabia puedan dulcificar la amarga situación de los derechos humanos son parecidas a las ilusiones de los empresarios y políticos alemanes que con sus negocios con el gas ruso pensaron que iban a democratizar la Rusia postsoviética, o la de los progresistas iberoamericanos que, en torno al petróleo de Venezuela, hicieron cábalas sobre la vuelta de Chavez-Maduro al sendero democrático constitucional. Nunca se sabe, en circunstancias similares, cuánto hay de verdad y de hipocresía en estas justificaciones. Lo cierto es que los intereses a corto plazo siempre acaban por dominar, y los sueños de la democracia sirven guapamente a los groseros fines de las autocracias.