En el Territorio Amón de esta semana escribe el genial agnóstico Rubén sobre La primera comunión. Sobre esa primera comunión degradada en mera fiesta social de nuevos ricos o de los que piensan o quieren serlo.
Ya no consiste en recibir a Cristo, sino en recibir al fotógrafo. Y con esto está dicho casi todo.
Todo empieza con una hostia consagrada y termina en con un crédito al consumo. Porque tiene que comulgar mejor que el primo y más bonito que el vecino, cosas de una sociedad que ha convertido cada rito en escaparate. Y lo más perverso es que toda suceda en nombre de la inocencia.
Si un día la primera comunión contenía una belleza humilde, hoy la discreción parece una forma de pobreza y la sobriedad una negligencia afectiva. Y, como remate:
La comunión debería enseñar una idea sencilla: recibir algo que no se compra. Hemos conseguido lo contrario. Convertida en una factura, en una competición, en una pequeña bancarrota. Dios perdona. El banco, no.