El integrista

En el verano de 1934, se preguntaba el joven escritor nacionalista vasco José de  Arteche, con el título de un artículo publicado en el órgano de su partido: ¿Cuál es el móvil del integrismo? Y, en su respuesta, escribía cosas como éstas: Egoísmo y pequeñez de alma. He ahí sus características principales. (…) Irascible en grado sumo, tiende siempre a agredir. Se aprovecha de la natural repugnancia humana a las disputas, y, si no le responden, utiliza el silencio de su adversario para afirmar la razón de su tenebrosa labor. Es el artista en el arte de esgrimir textos. (…) Usa y abusa de los textos, los corta a su medida, nada más que hasta el sitio donde le conviene. (…) Protesta contra todo, se opone a todo. (…) Todo se funda para él en principios negativos. (…) El integrista destruye; jamás querrá construir, es incapaz de ello. Su placer es obstaculizar, poner trabas, dificultar. (…) El integrista es hombre de dos medidas. Tiene una  medida para sí, tiene otra medida para los demás. (…) Quieren los integristas aparecer como los únicos santos, y ¡cuántas veces distinguen con su odio a los santos verdaderos! (…) El integrista es el hombre de las primeras filas. Para defender los principios religiosos él está siempre en primera línea o, cuando menos, se jacta siempre de proclamarlo. Él es quien primero esgrime las directivas pontificias, pero fíjate bien: ¡siempre las usará contra aquél que juzga más cercano a ellas.