Los que tenemos la suerte, en este mundo finito, limitado, variable, injusto…, de llevar una buena vida, en el sentido de una vida buena, una vida más o menos saludable, económicamente sostenible; una vida activa y de convivencia, etc., acostumbrados a ese buen vivir, somos cada vez más sensibles, más débiles, más pasibles también a la hora de cualquier prueba, de cualquier alteración en la salud o en el bienestar general. ¡Corazón de mantequilla…, ánimo de ratón casero!, podría decirnos en esos momentos don Quijote, como se lo dijo a Sancho en la aventura sobre el Ebro! Lo digo, al recordar a mi madre y a otros familiares, después de semanas de dolor de muelas, que volvían primero del barbero del pueblo y después del dentista, y seguían haciendo lo que hacían, como si tal cosas, trabajando en lo que trabajaban, sin dar quehacer alguno a nadie y menos hacer un drama de lo que habían padecido.
Es nuestra patente vulnerabilidad de cada día; la vulnerabilidad, la debilidad de nuestro bienestar general, cada vez, cuanto más exquisito y delicado sea, menos resistente a la adversidad, al dolor, a las excepciones de cada día.
De tal manera, que en los momentos de mayor molestia – y yo no puedo decir otra cosa más grave-, para suavizar su vergüenza y hacerse perdonar (por Dios y por sí mismo) su debilidad y encontrar una paz justa interior, uno tiene que pensar en personas cercanas con graves enfermedades, con operaciones de calado, y en los penosos conflictos humanos de nuestro mundo, en los que reina el dolor, la desolación y la muerte, a fin de poner las cosas en su sitio y relativizar sus provisionales desasosiegos. Y confesar la fe en la comunión de las cosas santas entre los santos (los creyentes y no creyentes), donde nada se pierde y todo se transforma en favor de todos los hijos de Dios.